Una tortuga llamada Victoria en las islas Seychelles
Las tortugas gigantes de las islas Seychelles son una de las especies terrestres más grandes del mundo. Parientes de las tortugas de los Galápagos, pueden superar los 200 kilos de peso y vivir más de un siglo. Estas criaturas tranquilas y longevas tienen un carácter sorprendentemente dócil.
Al vernos, se acercaron con curiosidad hacia nosotros, moviendo lentamente la cabeza y extendiendo el cuello como si buscaran atención o comida. Parecían recibirnos con una calma afectuosa que hizo el encuentro aún más memorable.
Eso fue lo que hice, me acerqué a una de ellas y le ofrecí una rama que devoró con prontitud. Luego se dejó acariciar su caparazón enorme. Entonces, me miró de frente y me preguntó de dónde venía y qué hacíamos aquí. Yo respondí titubeante ante la sorpresa de que una tortuga me hablara en mi idioma. Decidí aprovechar la ocasión y le pedí que me contara su historia que transcribo a continuación:
Me llamo Victoria. Nací el año en que la isla de Seychelles conmemoró el jubileo de la reina Victoria, en 1903.
He vivido toda mi vida en Beau Vallon, en la parte norte de la isla de Mahé. Durante más de un siglo he sido testigo de cómo la historia de estas islas se despliega entre luchas, ambiciones y convulsiones.
Mi vida transcurre lenta —muy lenta— y apacible. Mis ancestros vivieron aquí mucho antes de que los humanos llegaran a habitar estas remotas islas. Vivíamos así, tranquilos, sin prisa, siglo tras siglo. Nuestra isla tiene el mejor clima, una vegetación exuberante y frutos abundantes. Sobre todo, el gran coco de mar, con sus hojas enormes que brindan sombra y sustento durante todo el año.
Un día llegaron los humanos y todo cambió.
Construyeron casas y caminos. Fuimos testigos de sus disputas y batallas por el control del territorio.
Primero llegaron los franceses. Nombraron cada puerto, cada árbol y cada planta, e incluso a nosotros, llamándonos "tortues géantes". Se maravillaban de nuestro tamaño y de nuestra naturaleza apacible. Algunos expertos vinieron a estudiar nuestros hábitos de alimentación y reproducción. Se atrevieron a llevarse algunos a lugares lejanos, para ser observados en zoológicos y jaulas.
Después llegaron los ingleses. Cambiaron la lengua, las costumbres y establecieron nuevas leyes y normas. Siguieron más construcciones: grandes edificios, hoteles y fábricas. Llegaron más barcos y se crearon industrias, carreteras, rieles de ferrocarriles, y más y más gente de todas partes del mundo.
En esa época se nombraron muchas partes de la isla con el nombre de la reina: Victoria es la capital; el hotel, las tiendas, el banco e incluso el puesto de cambio de moneda. Me pregunto si la famosa reina llegó alguna vez a saber de la existencia de estas islas. Aun así, me gusta mi nombre:“Victoria”, significa resistencia y esperanza.
La gente viaja a la isla para vernos. He visto africanos, asiáticos y europeos recorrer estos senderos. Recientemente han llegado muchos más visitantes desde el otro lado del océano —estadounidenses— en grandes grupos. Todos se asombran de nuestro tamaño, de nuestra docilidad y de nuestro carácter apacible. Quieren alimentarnos y tocarnos. Se lo permitimos. A esta edad, puedo soportarlo
Hablan de religión y de política. Los humanos luchan y mueren por esas cosas. Nosotros estamos más preocupados por nuestra isla, que solía ser serena y tranquila. En tiempos recientes he percibido un cambio en el aire. Hace calor, mucho más que antes. El mar se agita con frecuencia y las tormentas son más impetuosas e impredecibles. Mis hijos, nietos y tataranietos están en riesgo.
No queremos más barcos con toneladas de contenedores en nuestras costas. Su humo oscurece el cielo; sus desechos flotan en las aguas. El coco de mar sufre; los murciélagos en lo alto de los árboles se afectan. Las aves se asustan y migran hacia otros puertos.
Mi familia puede vivir siglos. Sin embargo, no sé si sobreviviremos a estas amenazas. Tengo 123 años. Creo que es tiempo de descansar.
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