Nirvana en Borobudur
Había alcanzado Nirvana. Me sentía plena en la cima del templo budista más antiguo y grande del mundo.
El templo Borobudur se alza como una pirámide, en medio de bosques y volcanes, imponente. No se trata solo de su belleza, sino del simbolismo de su diseño. Borobudur imita la forma de un loto y cada uno de sus elementos representa la visión budista del cosmos. Las seis plataformas superpuestas coronadas por tres circulares, y una cúpula central, reflejan las etapas de la evolución espiritual hasta el nivel más alto, llamado Nirvana. En cada una de ellas se ven las estatuas de Buda e inscripciones sobre relieve de la vida de Siddhartha Gautama. Subir hasta a la cima y sentirme parte de este universo fue una experiencia fascinante.
El templo fue construido en los siglos octavo y noveno durante el imperio de Sriviaya, la época de oro de las islas de Indonesia, antes de la llegada de los europeos. Y yo había llegado a la cúspide tras trepar numerosos escalones desiguales, en piedras empinadas y en un calor sofocante. Además, nos habían obligado a usar un tipo de sandalias de un material que no ofrecían el agrarre necesario en un terreno abrupto. Luego de ubicarme en medio de las miles de estatuas de buda y de admirar las inscripciones, divisé el horizonte y me compenetré con la esencia del cosmos al divisar los volcanes y la línea infirnita del horizonte. Necesitaba registrar este momento y me apresté a tomar una selfie.
Un joven de camiseta amarilla se me acercó y con una sonrisa amplia, me ofreció tomar la foto.
"Claro", le respondí, y le entregué el celular.
El hombre tomó el teléfono, se dio la vuelta y echó a correr.
Por un instante mi mente se negó a comprender. Luego la verdad me golpeó como un chorro de agua helada. Mi celular. Desbloqueado. Mis fotos, mis mensajes, mi Wallet, toda mi vida dentro de ese pequeño dispositivo… desaparecida. Un escalofrío me recorrió a pesar del calor. ¿Cómo pude haber sido tan estúpida? Me abrí paso entre la multitud, escudriñando rostros, pero el laberinto de pasillos de piedra y la marea de turistas lo tragaron por completo. El corazón me latía tan fuerte que me sentí mareada.
Caí al infierno.
Giré sobre mí misma, desesperada, buscando a cualquiera que pudiera ayudarme —seguridad, un guía, quien fuera— cuando lo vi.
El joven de la camisa amarilla estaba en una plataforma más baja, agitando ambos brazos hacia mí.
—Siéntese ahí —ordenó.
Obedecí y él tomó fotos. —Mire para allá. —Más fotos. —Ahora, párese allí. —Clic, clic, clic. Actuaba como un fotógrafo profesional.
Luego me devolvió el teléfono con una sonrisa. —Revíselas. Tiene las mejores tomas.
Mis dedos temblaban mientras abría la galería de fotos. Imagen tras imagen: el Buda frente a mí, las estupas en forma de lotos rodeándome en la cima del mundo. Mi rostro iluminado por algo parecido al asombro.
—Gracias —susurré.
Con el corazón aún acelerado, guardé el teléfono en el bolsillo.
Había regresado al Nirvana.
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English version
Nirvana
I've reached Nirvana. I was static at the summit of Borobudur Buddhist temple on the rainforest of Java, I had made it. The climb had been brutal: uneven volcanic stone steps, flimsy borrowed sandals with no grip, heat pressing down and humidity thick as breath. But up there, I felt suspended between earth and sky, amid Buddha statues, gazing at distant volcanoes and the vast sweep of emerald jungle surrounding us.
I raised my phone for a selfie. A young guy in a yellow shirt stepped forward and offered, with a polite smile, to take the picture.
“Sure,” I said, handing it to him.
He took the phone, turned, and ran.
For a moment my mind refused to understand. Then the truth struck like cold water. My phone. Unlocked. My photos, my messages, my wallet, my entire life inside that small devise —gone. A chill slid through me despite the heat. How could I have been so stupid? I pushed through the crowd, scanning faces, but the labyrinth of stone corridors and the flood of tourists swallowed him completely. My heart pounded so hard it made me dizzy. I plunged into hell.
I spun in circles, desperate, searching for anyone who might help, security, a guide, anyone, when I saw him.
The guy in a yellow shirt stood on a lower platform, waving both arms at me.
“Sit here,” he called.
I obeyed. He angled the phone and snapped pictures. “Look there.” More photos. “Stand up.” Click, click, click. He acted as a professional photographer.
My fingers trembled as I opened the camera roll. Frame after frame: the Buddha in front of me, the lotus shaped stupas, surrounding me, at the top of the world. My own face lit with something like wonder.
“Thank you,” I whispered.
My heart still racing, I slipped the phone into my pocket.
I was back in Nirvana.
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