Los Massai en Kenia

 



 Siempre me han fascinado los Massai, una tribu del sur de Kenia y del norte de Tanzania, que ha resistido la colonización, los embates del progreso y las amenazas exteriores por "civilizarlos y "adoctrinarlos".  En el siglo XXI los Massai  preservan sus tradiciones, rituales y forma de vida.

 La primera mención que tuve de los Massai, ocurrió cuando un amigo de Cornell, científico investigador, nos contó que durante su permanencia en Tanzania, se le acercó un hombre vestdido en una túnica vistosa y le ofreció siete vacas por su hija de dos años. Sorprendido, Chuck, le respondió obviamente que su hija no estaba en venta y pensó que era una broma. Pero no lo era. El hombre muy serio, intentaba negociar un trato que parecía tener mucho sentido: siete vacas por una niña era una buena oferta.

Los Massai han vivido por centurias y quizás milenios en las regiones de la sabana que rodean la Reserva Nacional de Massai Mara y en el Parque de Serengeti en las fronteras entre Kenia y Tanzania. Su alta estatura, rasgos finos y delgados cubiertos apenas por una manta de colores vistosos portando una especie de callado en su mano, los convierte en una de las comunidades más emblemáticas del Oriente de África.

Uno de sus rasgos característicos es su relación física y espiritual con el ganado. Como una sociedad pastoril seminómada, el ganado hace parte fundamental de su supervivencia y de su cosmovisión. La riqueza y el estatus social se define por la propiedad de animales. Las vacas suministran el alimento principal que consiste en leche y sus derivados, y en ocasiones mezclada con sangre de las mismas vacas.  Las estructuras sociales también están estrechamente ligadas al ganado: el matrimonio, por ejemplo, implica una dote en forma de animales, y el valor otorgado a las vacas suele superar el valor de las personas, especialmente a las mujeres.

 
 
Durante nuestra visita a Mombasa, Kenia, tuve la oportunidad de observar una presentación de un grupo de jóvenes massai en frente de nuestro barco.  En muchos sentidos fue una experiencia impactante. Me impresionó su danza compuesta de saltos enormes y de cantos en rítmicos compases. 

Los jóvenes vestían las mantas tradicionales y se acercaban a los turistas con gestos desafiantes. Para mí tuvo una impresión contradictoria. Por un lado, aprecié el momento de encuentro cultural, que hubiera preferido fuera en una de sus aldeas y con un contexto distinto al de un puerto. Por otro, me dio tristeza observar que al culminar la danza nos pidieron una compensación monetaria. En muchas formas, su espectáculo fue un tipo de expresión adaptada para "mzungus" (extranjeros) como nosotros, en el que una tradición y patrimonio que ha perdurado por siglos, se convierte en una mercancia comercial para complacer turistas. 

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