Haka, grito ancestral maorí
Nueva Zelandia (Aotearoa)
por Elvira Sánchez-Blake
¡Haka! El grito irrumpe como un trueno ancestral. No es solo una danza ni un espectáculo: es una advertencia, un ritual de fuerza y memoria con el que los maoríes anuncian su presencia ante el forastero. Por fortuna, en nuestro recorrido por las costas de Nueva Zelandia, ese grito no fue de guerra sino de bienvenida.
Dicen que el holandés Abel Tasman avistó las islas de Aotearoa en 1642, pero no llegó a tocarlas. Desde sus embarcaciones observó cómo los nativos se aproximaban en sus canoas (wakas), desafiantes, ejecutando su danza de guerra mientras gritaban ¡Ka mate, ka mate!. Tasman retrocedió, pero registró la existencia de esas tierras remotas, a las que llamó Nueva Zelandia, y al mar que las rodea, lo bautizó con su nombre, Mar de Tasmania.
| Maorís en sus wakas |
Más de un siglo después, en 1769, James Cook llegó con mayor experiencia y ambición, y él sí no se dejó intimidar. Pisó las islas, negoció primero con los maoríes y, poco a poco, fue imponiendo la dominación y el sometimiento. El encuentro entre mundos quedó sellado en 1840 con el Tratado de Waitangi, firmado en la Bahía de las Islas. Sin embargo, el tratado nació marcado por la ambigüedad. La versión en lengua maorí prometía respeto por la cultura, la tierra y las creencias de los pueblos originarios; la versión inglesa decía algo muy distinto, complaciente con las normas del imperio. Cuando los nativos se dieron cuenta, estallaron las guerras de la década de 1860, que se prolongaron durante casi treinta años. Los maoríes fueron derrotados, despojados de sus territorios y reducidos a una minoría al borde de la desaparición. Hoy representan apenas el 14 por ciento de la población, frente a una mayoría europea blanca y una creciente presencia de inmigrantes asiáticos.
| Equipo de Nueva Zelandia ejecuta el Haka en torneo oficial |
Desde los años setenta, el tratado fue revisado y los maoríes iniciaron una lucha firme por rescatar su lengua, sus rituales y su identidad. El idioma maorí, antaño al borde de la extinción, hoy se enseña en escuelas y universidades, es lengua oficial y convive con el inglés en carteles, anuncios y ceremonias públicas.
La haka, que alguna vez fue un gesto de intimidación frente al enemigo, se ha transformado en símbolo nacional. Se ejecuta en eventos deportivos, en actos públicos e incluso en el parlamento, donde conserva su fuerza original: la afirmación de sus derechos y del derecho a existir.
Roberto y yo visitamos dos comunidades maoríes, en Tauranga y en Napier. Nos recibieron en el marae, el espacio ceremonial donde se define quién entra y bajo qué condiciones. El haka fue ejecutado por jóvenes armados con lanzas y ataviados con trajes tradicionales. Sus movimientos eran bruscos, con sonidos guturales, la mirada fija; al final, la lengua extendida en gesto desafiante. Es imposible no sentirse intimidado.
Luego supimos que esa es precisamente la intención: advertir, medir al visitante, aceptar solo a quien llega con respeto y buenas intenciones. Superada la prueba, uno de los nuestros ofreció un obsequio al jefe de la comunidad. Al ser aceptado, la tensión se disolvió. Comenzó entonces la ceremonia de bienvenida, el Hongi: uno a uno, tocamos frente y nariz con nuestros anfitriones, sellando el encuentro entre dos grupos. Los maorís nos saludaron entonces con la ceremonia de bienvenida, el powhiri, en el cual los gestos y ademanes son señal de aprecio y de integración social.
| Grupo de jóvenes maorís |
Más tarde compartimos comida y bebida en la casa de reuniones, el Wharenui, un espacio ricamente decorado con tallas de madera que narran genealogías, mitos y batallas. Allí entendimos que la hospitalidad maorí no es una cortesía superficial, sino un acto profundamente simbólico. Al final, los maorís nos invitaron a aprender sus danzas y canciones. Roberto se unió a la danza maorí y aprendió a ejecutar los gestos y ademanes desafiantes. Yo entoné algunas de las canciones y me fasciné con el sistema semántico representado en sus tallas y decoraciones. Fue una experiencia electrizante.
Nos llevamos la certeza de haber conocido a un pueblo generoso y resiliente, que ha sobrevivido a siglos de opresión sin renunciar a su esencia. En la Nueva Zelandia contemporánea, los maoríes no viven anclados al pasado: integran sus cantos a la música popular, sus danzas a los escenarios modernos y su voz a las demandas por reconocimiento y justicia. Viajar por Aotearoa es inevitablemente,escuchar y sentir este grito antiguo que aún resuena, no como amenaza, sino como afirmación de identidad.
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