Madagascar: Encuentro con la Reina Ranavalona

   

Nosy Be, 2026-1859


 
Madagascar sonaba como una fantasía. Al acercarnos a sus costas, divisé una serie de islas recortadas contra el horizonte en siluetas trazadas con plumas caprichosas. El sol se proyectaba sobre las cimas de las montañas y dibujaba sombras difusas sobre el mar. Esta prometía ser una de las visitas más emocionantes de nuestro recorrido. Teníamos gran expectativa por conocoer su extraña geografía, en lo que se conoce como el octavo continente, debido a su formación geológica y a su fauna y flora únicas en el planeta. Madagascar es habitat de lémures, camaleones, tortugas y otras especies particulares de estas islas.

 

Lo que no esperaba, era encontrarme con la aventura tan especial que el destino me tenía reservada. 

Cuando descendimos del barco en el puerto de Nosy Be, Madagascar, un miembro de la tripulación nos indicó con un gesto el vehículo asignado al Tour 6D. Todos subieron al Van, excepto yo; no quedaba un solo asiento. La guía me hizo una seña para que permaneciera donde estaba y le dijo a mi esposo que no se preocupara, que yo iría en otro vehículo.

Luego, me condujo hacia un tuk-tuk y me dijo en un susurro:

—Esta es una aventura solo para ti. Te voy a llevar a la casa de la reina Ranavalona. Pero primero, ponte esta túnica y cúbrete la cabeza con este chal.

Intenté negarme, pero ella insistió.

—¿Recuerdas tus aventuras en otros cruceros?

Las recordaba. Y quizá por eso mismo, acepté.  Me puse la túnica y me envolví la cabeza con el chal. Luego subí al tuk-tuk.

Nos detuvimos frente a una casa desvencijada en el centro de Nosy Be. Las paredes lucían cuarteadas, y  las ventanas opacas de polvo. Era evidente que nadie había habitado esa casa en mucho tiempo. La guía me condujo hasta una puerta trasera; la oí hablar en voz baja por el walkie-talkie.

La puerta se abrió.

Un hombre vestido con ropas de otro siglo nos esperaba. Nos hizo una leve inclinación y sin una palabra, me invitó a entrar. La guía se quedó atrás.  

—Regresa antes de las cinco —dijo—. Y recuerda: no intentes alterar la historia.

Apenas crucé el umbral, el mundo se transformó .

La casa se convirtió en un palacio del siglo diecinueve con salas deslumbrantes de riquezas.

Allí estaba ella.

Reina Ranavalona I (reinado 1828-1961)

  La reina Ranavalona erguida en el centro de una estancia lujosa, lucía un vestido rojo de una magnificencia casi irreal. A su alrededor, personajes ataviados con túnicas de colores vivos, ornados de flores y guirnaldas, componían una escena de gran solemnidad.

—¿Quién es usted? —preguntó—. ¿Qué hace aquí?

Vacilé. Sabía lo suficiente de la historia de la reina temible de Madagascar famosa por su régimen déspota y sangriento.

—Su Alteza —dije, inclinando la cabeza—. Soy una viajera en busca de historias. Solicito humildemente una audiencia privada con Su Majestad.

Me observó en silencio. Luego hizo un gesto con la mano.

De inmediato la sala se desocupó.

Nos sentamos en una esquina del salón, adornado con pinturas de lémures, camaleones, tortugas y otras especies de la isla. Alguien sirvió té  y dispuso galletas entre nosotras.

—¿Qué es lo que quiere saber? preguntó.

—Me gustaría saber cómo llegó al poder en un mundo gobernado por hombres.

La reina se acomodó la tiara, respiró profundo y respondió con naturalidad:

—Es un mundo de hombres, pero no siempre lo ha sido.  Antes de mí gobernó  la reina Rafohy, en el siglo XVI. El poder no es tan ajeno a las mujeres como los hombres quieren hacer creer.

Hizo una pausa breve, como si midiera sus palabras:

—Cuando mi esposo, el rey Radama, murió en 1828, muchos creyeron que el trono le correspondía a Rakotobe, su sobrino. El supuesto “heredero legítimo”.

Su rostro esbozó una sonrisa sardónica.

—Yo no estuve de acuerdo.

—¿Quiere decir que asumió el trono por la fuerza?

—Comprenda que nunca dejé de tenerlo —respondió con ironía. Mi esposo gobernaba de nombre. Yo, de facto. A su muerte, no hice más que continuar mi reinado.

—¿Y qué pasó con Rakotobe?

Sostuvo mi mirada.

—Me vi obligada a sacarlo del medio a él y a su familia.

—¿Mandó matarlo?

—Yo no lo maté —afirmó—.  Creo que tuvo problemas de indigestión y ya sabe…. Su familia me hizo mala prensa y me vi obligada a tomar medidas para que no se interpusieran en mi camino.

Sus ojos me miraron con firmeza.

—No  se atreva a malinterpretar mis actos. Mi esposo y su heredero estaban dispuestos a entregar esta isla a los franceses. Los tratados ya estaban firmados. Yo veía lo que ocurría en África: tierras saqueadas, pueblos enteros desalojados y despojados de sus bienes y de sus derechos. ¿Usted conoce la historia de la esclavitud que trajeron los portugueses, que continuaron los ingleses, y que ha durado más de tres siglos? ¿Y el robo de las tierras, las riquezas, los productos, y de las vidas de las tribus africanas que permitieron la entrada de los europeos?

No respondí. Ella se inclinó hacia mí.

—Yo me negué a someter a mi pueblo a esa suerte. Cuando asumí el trono, revoqué los tratados con los franceses y defendí nuestra soberanía.

—Se dice que gobernó por medio del temor generalizado —aventuré con cautela—. Que muchos murieron bajo su mandato.

—Se dicen muchas cosas —replicó—. La historia la escriben quienes se benefician de sus distorsiones.

—También se habla de la tangena, una planta muy tóxica que usó para deshacerse de sus opositores.

Silencio.

—¿Y el fanompoana? — insistí —. El trabajo forzado entre sus súbitos en lugar de impuestos?

Se movió incómoda en su silla mientras apuraba un sorbo de té.  

—He gobernado durante treinta años —afirmó puntual—, y continúo en el poder.  No es por azar. Mantener el poder exige medidas drásticas para hacerse respetar. ¿No cree?

—¿Es verdad que prohibió las religiones extranjeras?

—Prohibí la invasión disfrazada de fe. ¿Por qué habría de permitir que cristianos y musulmanes  impusieran sus dioses en nuestras tierras? Vi cómo en África se adoctrinaba a los jóvenes en creencias ajenas a su historia y a sus tradiciones. Me opuse a que nos despojaran de nuestras tradiciones para implantar credos ajenos y firmé un decreto prohibiendo religiones extranjeras. ¿No cree que hice lo correcto?

No me atreví a contradecirla. Me miró y habló de nuevo con voz serena pero firme:

—Es verdad que expulsé a los misioneros. Sus escuelas no educaban sino que lavaban el cerebro de nuestros niños y jóvenes. Me enorgullezco de haberlos mantenido a raya.

En ese instante, apareció un hombre ataviado con gran ornato. Su presencia era intimidante. La reina se sobresaltó al verlo.

—¿Quién es ella? —dijo con prepotencia—. ¿Quién autorizó su entrada al palacio?

Supe que debía ser el general Andriamihaja, el primer ministro y consorte de la reina. Se rumoraba que él había sido su cómplice en la ejecución del rey.  Además, sería el padre del hijo que nació once meses después de la muerte del soberano, el heredero al trono.

La reina habló, ahora con un tono más suave:

—Ella es una visitante de tierras lejanas. Ha solicitado audiencia.

Él me observó con desconfianza.

—¿De dónde viene?

Mi mente quedó en blanco.

—Yo, vengo… de tierras lejanas —balbuceé—. Estoy viajando en un crucero alrededor del mundo.

—¿Un qué?

Sus ojos descendieron hasta la cruz que colgaba en mi cuello.

—¿Es cristiana?

No me perdonaba el descuido de no haber retirado la cadena con la cruz.

—Si...,  soy cristiana,… pero no pretendo imponer ninguna creencia. Sólo deseo conocer la historia de la reina….

Miré a Ranavalona, casi suplicando.

Él alzó la mano en un gesto firme que no admitía discusión. Fui conducida a las mazmorras del palacio.

El tiempo dejó de existir. Allí en esca celda, solo había calor, oscuridad, un aire espeso maloliente que parecía estático. Pensé en mi marido Roberto, que estaría desesperado. Me imaginé el barco que partiría sin mí, y me resistí al absurdo de quedar atrapada en este lugar olvidado de Dios y en otro siglo.

Poco antes de las cinco, escuché pasos.

Una joven vestida con una túnica colorida apareció en la puerta.

—La reina la va a liberar—dijo—. Con una condición. Usted se compromete a reivindicar su nombre en la historia:  en libros, en registros, incluso en eso que llaman Wikipedia.

—Lo prometo – dije sin pensar,  mirando el reloj.

A las cinco y cuarto regresó con un documento escrito en francés. Lo firmé con prisa, sin siquiera leerlo.

La joven me condujo por un corredor largo, casi interminable, hasta la puerta por la que había entrado. Antes de salir, me quité la cruz y se la di en su mano.

Ella la aceptó con una sonrisa.

Afuera, el mundo había regresado: polvo, ruido, tuk-tuks, el siglo XXI.

Corrí hacia el puerto. Alcancé la escalerilla del barco cuando ya soltaban las amarras. La guía me esperaba con un gesto de alivio.

—Detuvimos el barco por ti —dijo.

Esa noche, mientras Nosy Be se desvanecía en la distancia, me pregunté si la historia escrita por los europeos sobre la reina Ranavalona I no sería una distorsión deliberada por haberse atrevido a lo imposible: resistirse  al colonialismo y al adoctrinamiento. 


 

 

 

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