Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias

 

Más allá de las Columnas de Hércules, todo es un yermo solitario y, según algunos, allá está el fin del mundo. Así imaginaron durante siglos los antiguos los territorios que se extendían hacia el Atlántico. Y, sin embargo, en medio de ese supuesto vacío, emergen las Islas Canarias, un archipiélago que desmiente la idea de desolación con la riqueza de su historia y su belleza natural.

En Santa Cruz de Tenerife disfrutamos de una visita agradable. Desde el primer momento nos sentimos como en casa: escuchar el español en cada esquina, en un ambiente relajado, seguro y amable, nos envolvió en una sensación de familiaridad.

 
La imponente presencia del Teide, el volcán que se cierne sobne gran parte de la isla nos acompañó durante el recorrido.  En las faldas del volcán se halla el Valle de La Orotava, que desciende desde las montañas hasta fundirse con las aguas del Atlántico, y hacia Puerto de la Cruz, con su aire costero y refrescante.

Tenerife es una de las ocho islas que conforman el archipiélago de las Islas Canarias, un territorio marcado por su origen volcánico y su ubicación singular: geográficamente más cercano a Mauritania y Marruecos, en el noroeste de África, pero vinculado a España. En el siglo XVI, España y Portugal se repartieron las islas del Atlántico: Madeira, Cabo Verde y las Azores quedaron bajo dominio portugués, mientras que Canarias pasó a formar parte de la corona española. Ese reparto, sorprendentemente, se ha mantenido hasta hoy.

 


En Santa Cruz recorrimos el centro histórico, donde se encuentran las plazas, iglesias y museos. La Plaza de España, me recordó Barcelona, con su aire de rambla abierta y animada.  Pasamos por la iglesia de la Concepción y nos detuvimos en el Museo de la Naturaleza y el Hombre (MUNA). Allí descubrí aspectos fascinantes sobre los guanches, los primeros habitantes de la isla. Entre los hallazgos más sorprendentes están las momias encontradas en sitios funerarios, cuyos métodos de conservación—incluida la extracción de órganos— guardan similitudes con prácticas del antiguo Egipto.

No es extraño que estas islas hayan alimentado la imaginación desde la antigüedad. Por su clima templado y su exuberancia, se asocian con paisajes míticos. En La Odisea, Homero describe los Campos Elíseos como "un lugar donde los hombres viven sin inviernos rigurosos, acariciados por brisas suaves del océano". Plinio el Viejo las llamó las “Islas Afortunadas”.

De hecho, el archipiélago fue identificado en ocasiones con el Jardín de las Hespérides, aquel paraíso de la mitología griega vinculado a Atlas y a sus hijas. La imagen de un lugar de eterna primavera, lleno de frutos, aves y luz, no parece tan lejana cuando se recorren estos paisajes de vegetación frondosa y abundancia de flores y plantas exóticas, como pudimos apreciar en el Jardín Botánico de San Cruz de Tenerife.

No es de extrañar, pues,  que Tenerife —y las Islas Canarias en general— sigan evocando ese tenue equilibrio entre realidad y leyenda.

 

 

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