Navegando por el Danubio

 
 
Dos cosas aprendí en un reciente crucero por el Danubio a través de Europa del Este: el río Danubio no es azul y el Mar Negro no es negro.

Navegar por el Danubio fue mucho más que un sueño; fue una profunda inmersión en la historia y el conocimiento de la antigüedad. El recorrido fue un aprendizaje sobre historias de guerras, ocupaciones e invasiones que moldearon a Europa y revelaron cómo el poder, la religión y la ambición han dividido y continúan influyendo en el panorama geopolítico actual.

Palacio de Schönbrunn, construído bajo el reinado del Emperador Maximiliano II en 1569. 

Nuestro viaje comenzó en Viena y nos llevó por siete países: Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Bulgaria y Rumanía. Aprendimos que "Danubio" significa belleza. Sin embargo, el río encarna una paradoja: tiene el poder de conectar a las personas, pero también de dividir naciones y culturas. Hoy en día, el Danubio reúne a naciones a través de los puentes que atraviesan sus aguas y sirve como una atracción para la industria turística y mercados de todo el mundo.

Navegar por el Danubio me dio la oportunidad de explorar una amplia gama de culturas y civilizaciones antiguas que florecieron entre los montes Cárpatos y los Balcanes, un  crisol de pueblos diversos, incluidos los magiares, eslavos, hunos, dacios, tártaros, búlgaros, otomanos y muchos otros, que ofrecen en un rico tapiz de culturas y tradiciones.

En Viena tuvimos la oportunidad de apreciar los remanentes del gran imperio austrohúngaro, uno de los más poderosos de Europa durante seis siglos. Los habsburgo cimentaron un estilo de arquitectura, de moda y de vida que aún subsiste en los monumentales palacios barrocos, estatuas renacentistas, fuentes fastuosas, museos y parques deslumbrantes a lo largo de la ciudad.  Pero quizás lo mejor fue disfrutar de un Café a la María Teresa (café con helado de vainilla, crema y un chorrito de Grand Marnier, adornado con una tajada de naranja), con un strudel de cerezas exquisito en el Café Sluka en el centro de la ciudad. 

Café a la Maria Teresa con Sachertore 

En Bratislava, la capital de Eslovaquia, apreciamos los contrastes entre las magníficas edificaciones medievales, imperiales del siglo diecinueve y las moles de cemento deprimentes construidas durante el régimen soviético. Eslovaquia ha sido parte del reino de Bohemia, del imperio austrohúngaro, de Checoslovaquia, del bloque soviético, y desde 1994, por fin se constituyó como un estado independiente.

 

Plaza de Bratislava
 

Al pasar la frontera con Hungría, descubrimos una región totalmente diferente de los Balcanes. Los húngaros provienen de la tribu de los magiares. Ellos trajeron consigo su lengua, etnia y costumbres que distaban de las culturas existentes en la región. Por eso el húngaro es la lengua más extraña y difícil de aprender entre los lenguajes europeos. Las invasiones de mongoles y de otomanos a lo largo del primer milenio formaron una raza fuerte y beligerante. La llegada del cristianismo con el rey Esteban (Itsvan) en el siglo once trajo consigo la imposición de una religión que aglutinó a las tribus e impuso un solo credo a sangre y fuego. En esa constante lucha de pueblos, razas y creencias, se impuso la arquitectura poderosa de iglesias, catedrales y monumentos. Una de las maravillas arquitectónicas de Budapest es el Parlamento y los puentes que se cimbran sobre el Danubio, adornados con estatuas. El más hermoso por supuesto, es el puente Margarita, con sus cabezas de león a cada lado. 


 Navegar por el Danubio fue también un descubrimiento de una variedad de sabores y prodigios culinarios que deleitaron nuestros sentidos. En cada sitio nos prepararon  los goulash de distintos tipos; los famosos repollos en salsas fermentadas (sauerkraut) sopas de remolacha (borsch), papas y carnes en paprika, y una variedad de ensaladas exquisitas. Por supuesto, disfrutamos los acompañamientos con bebidas locales, como el raki, la palinka y el vino de la región, el tokaj.


El paso por Croacia nos reveló el trasfondo de la guerra más reciente de los Balcanes. En Vukovar aprendimos  sobre la gran destrucción que sufrió esta ciudad tras la partición de Yugoslavia y caída de la cortina de hierro. Esta fue la ciudad que recibió el mayor impacto de asedios y bombardeos durante la guerra de los Balcanes. Era la época de Slobodan Milošević y su ambición desbordada de convertir a Serbia en el país más poderoso de la región. Sus métodos deleznables aún se recuerdan y se perciben en las ruinas de edificios y en la memoria de la gente que recuerda los noventas como la peor época de su historia. Especialmente aquel infausto 18 de noviembre de 1991 cuando las tropas de Milošević atacaron la ciudad y destruyeron la población inerme.  Los sobrevivientes salieron con lo que tenían puesto en una caravana de dolor y de resentimiento. El museo de la ciudad está dedicado a esta fecha con el fin de Nunca olvidar. Al recorrer las poblaciones pacíficas de esta región, no pude menos que pensar en los legados absurdos de las guerras por ambiciones de unos pocos que se creen poderosos.

 

Novi Sad, Serbia


Curiosamente, al pasar a Serbia, donde visitamos Novi Sad, Belgrado y Doni Milanovac, los guías se negaron a hablar de la guerra de los Balcanes. Belgrado nos deslumbró con  su arquitectura, museos y la fortaleza de Kalamegdan, una construcción majestuosa que se cierne sobre la ciudad. La confluencia de los ríos Sava y el Danubio hacen de esta ciudad un punto estratégico en las relaciones geopolíticas de oriente y occidente. No es de extrañar por tanto el gran número de ocupaciones y de guerras en su territorio. Belgrado ha sido destruida y reconstruida veinte veces durante su turbulenta historia.

Navegar por el Danubio incluyó el paso por la Puerta de Hierro, una de las maravillas naturales más impresionantes del recorrido. La puerta de hierro consiste en un desfiladero que se abre como una rendija entre Rumanía y Bulgaria divididas por el río Danubio. Es tan estrecho este corredor natural que  casi podíamos tocar las formaciones rocosas a lado y lado. Desde la cubierta del barco observamos una enorme roca plana como una tabla con una inscripción dedicada al emperador romano Trajano; cavernas profundas escondidas entre las rocas, y la gigantesca cabeza del rey dacio, Decebalus esculpida en piedra.


Cabeza del rey Decebalus en la Puerta de Hierro

Finalmente, el río Danubio desembocó en el Mar Negro, en un espectáculo hipnotizante: una vasta extensión de agua verde azulosa que se abría en el horizonte, enmarcada por cercas de piedra para prevenir inundaciones. El delta del río se extiende ampliamente, combinando aguas dulces de río y saladas del mar para lograr una simbiosis donde conviven especies únicas de peces y criaturas de mar. De la misma forma, en el Mar Negro confluyen las naciones de oriente y occidente, los bálticos y los eslavos; los turcos, griegos y  asiáticos, musulmanes y cristianos. Un lugar donde se ciernen los conflictos y las turbulencias de siglos de luchas entre poderes extremos por la soberanía del mundo.

 




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