Granada tierra soñada por mí

 

                                                                                 Granada, tierra soñada por mí

 

 

Esa era la canción que interpretaba mi padre  al piano y que se aparece como resplandor cada vez que pronuncio la palabra, Granada. Curiosamente ni mi papá, ni el compositor de la canción,  Agustín Lara, pisaron los suelos de Granada. Para ellos dicha ciudad quedó plasmada en la ensoñación de la melodía. 

Yo tuve el privilegio de viajar a Granada y de recorrer sus calles develando en cada esquina el misterio de su pasado musulmán con su presente occidental, y una fusión de ambas culturas y tradiciones. El descubrimiento asombroso fue enterarme de que el nombre original de la región de Granada era "Califato de El Vira”, mi propio nombre y el de mi madre. Tristemente, ni mi papá -que tanto amó a mi madre- ni mi madre que tantas veces disfrutó la interpretación única y sin par de “Granada”, supieron el origen de esta región.

Cuentan los historiadores que a mediados del siglo VIII, el Wali de El Vira, la región de Andalucía donde ahora se encuentra Granada, eligió la colina del Albayzín para construir la primera fortificación musulmana, en lo que ahora se conoce como el Centro de la Plaza de San Nicolas. Luego de  luchas constantes entre  árabes, mozárabes y muladíes, con múltiples y constantes invasiones, destrucciones y reconstrucciones, la ciudad se fue extendiendo y urbanizando con mezquitas, palacios, y cármenes (casas enormes con patios interiores). Fue durante la dinastía de los Nazarí (1238-1492), la última de los árabes, cuando la ciudad conocerá su máximo esplendor.  Granada se convierte en capital de la Kora de El Vira, durante el mandato de Zawi Ibn Ziri, quien había recibido este territorio como recompensa. En esa época se construye el majestuoso palacio de la Alhambra y Granada se convierte en el centro político como capital del  reino nazarí, el cual se extiende hasta 1492, cuando los reyes católicos de España invaden, despojan y expulsan a los árabes de la península ibérica.

Como súbditos colonizados de la corona española, nosotros aprendimos que los reyes católicos habían liberado a España de las garras de los musulmanes y habían colonizado el resto de Europa y las Américas para gloria del cristianismo. Pero, cuando uno se encuentra con las grandezas que dejaron los árabes en comparación con los castellanos y con los horrores que hicieron estos sobre las mezquitas, templos y monumentos islámicos, es imposible no llorar sobre los restos de estas reliquias, por la gran ignorancia e irrespeto e injusticia que se cometieron. Es la misma sensación que se percibe cuando vemos las grandes construcciones anacrónicas que se impusieron sobre los templos mayas y aztecas para intentar aniquilar su existencia y las creencias que ellas reflejaban. Las portentosas iglesias que ahora son objeto de veneración no son sino encubrimientos de las grandes culturas y civilizaciones que otrora habitaron esos territorios.

 

La Alhambra era un sitio que siempre quise visitar desde niña. Sus imágenes poblaban mis sueños y mi ávida imaginación infantil por cuenta de aquel libro que mi papá me regaló en mi octavo cumpleaños, “Cuentos de la Alhambra”. Este libro estaba adornado de ilustraciones, y eso fue lo que primero llamó mi atención: las torres  por cuyas celosías se asomaban princesas árabes cubiertas en velos, enamoradas de gallardos caballeros, quienes las raptaban de sus palacios con el pretexto de enseñarles la verdadera religión y la civilización cristiana.


En el recorrido por la Alhambra tuve a bien recordar varios de los pasajes de ese libro, y por supuesto, de reconsiderar la historia. Los impresionantes grabados en piedra y la imponencia de sus galerías y cornisas adornadas de inscripciones en cada milímetro, reflejan el esplendor artístico y la sensibilidad de la cultura árabe.

 Nuestros anfitriones en Granada,  David Alvarado y su esposa Asunción, me regalaron el libro de mi infancia, Los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving. Esta vez, la lectura me permitió comprender la perspectiva de un inglés que plasmó su visión particular del lugar en el siglo XIX.  Las líneas que describen la Alhambra en la introducción resumen el meollo de su grandeza:

            No hay duda de que la Alhambra es algo más que un palacio oriental encaramado sobre una colina de Occidente. Sus muros están cubiertos de  poesías árabes, de qasidas maravillosas que desfilan en rítmicos versos, halagadoras alabanzas, metáforas, primores…”

 

 La Alhambra está poblada de leyendas y misterios. Son las que nos cuentan los guías turísticos, pero aparecen mejor relatados en la obra de Irving.  Una de ellas es la leyenda de la mano y la llave grabados a la entrada del palacio.

 El gran pórtico de la entrada está formado por un gran arco árabe en forma de herradura que sube hasta la mitad de la altura de la torre. En la clave de este arco  hay una gigantesca mano, y en la de la portada, o sea, dentro del vestíbulo hay esculpida una llave.  Los que se dicen conocedores de símbolos mahometanos aseguran que la mano es el emblema de la doctrina, los cinco dedos representan los cinco mandamientos de la fe islámica:  ayuno, peregrinación, limosna, ablución y guerra contra los infieles. La llave es el emblema de la fe (la llave de David transmitida al profeta)…  Dicen que el día que la mano y la llave se unan todo el edificio saltará y quedarán al descubierto todos los tesoros que allí escondieron los Moros.


A mí me gustó más la interpretación de Asu, quien asegura que el día en que la mano y la llave se junten, volverán a reinar los moros en España. 

 El viaje a Granada incluyó visitas a monumentos y museos, a bazares árabes llenos de mercancías evocadoras de los cuentos de Las mil y una noches, y de  restaurantes con sus delicias españolas y orientales.  Mi esposo se regodeó  tomando fotos del Arco Elvira, la calle Elvira, el restaurante Elvira y todos los demás Elvira que se hallaban por todos los lugares del barrio árabe. Rodeada de mi nombre en tantos sitios sufrí una crisis de identidad. Fue como si yo no perteneciera a ese nombre o como si por primera vez me apoderara de sus ejes lingüísticos: significado y significante todo en un solo referente. Al menos me liberé del sino fatal que me persigue en la tierra de gringos donde mi nombre tiene la horrible pronunciación de “Albaira” y cuyo significante se remota a la vampiresa monstruosa, tetona y horrorosa de una película que resurge en cada celebración de Halloween:  Elvira (Elbaira) Mistress of the dark”.

 


 

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