Los misterios de Marruecos

 
 

 En mayo del 2013 tuvimos la oportunidad de visitar Marruecos en atención a una amable invitación de Ismael, un estudiante de Cornell.  Ismael había participado en el curso Experience Latin America que incluía un viaje de campo a Chiapas, México. En contraprestación, él nos invitó a una experiencia de campo en su país de origen, Marruecos.

    El viaje incluyó un recorrido por varias ciudades y visitas al campo, montañas y a companías de producción agrícola e industrial. Ismael designó a un guía, asistente y conductor que nos acompañó en el viaje,  nuestro querido Abdul.  El primer desafío fue el idioma. Abdul hablaba en árabe y francés, y nosotros solo inglés y español. Sin embargo, la barrera lingüística no fue impedimento para lograr un diálogo dinámico y en ocasiones con gran chispa.

    La visita comenzó en Marrakesh, una ciudad cosmopolita que combina tradición y modernidad. Allí me monté en un camello domesticado para turistas, visitamos templos y mezquitas y especialmente el gran bazar en el centro de la ciudad.  La visita a la Mezquita Koutubia en la Medina Djemaa el-Fna nos deslumbró por la impresionante arquitectura que data del siglo 12. Alrededor de la torre principal se despligan dos minaretes  típicios de la dinastía de los Almohads. Nos llamó la atención la cantidad de fieles y la incesante actividad en su circunspección.


    El minarete es una construcción magnífica equidistante a la Mezquita Koutiba. El diseño y el ornamento morisco me recuerdan la Alhambra en Granada, pero es aún más impresionante porque está rodeada del halo mágico y mítico del lugar. Como toda la arquitectura morisca la torre está cincelada en bellísimos diseños que contienen inscripciones, trazos, figuras y patrones perfectamente simétricos y con cálculos exactos. Esto mismo se aprecia en los suntuosos palacios, las medersas, los jardines y demás construcciones de la cultura marroquí. Desde esta torre hace el llamado a la oración cinco veces al día día el Muessin o Mouadin en el ritual islámico que se conoce como el “Djemaa din the adhan.

 
El Bazar  

    ¿Cómo describir este festival de los sentidos?  Lo primero es admirar la multiplicidad de  tradiciones que se practican en una simultaneidad de tradición y modernidad.  Los hombres vestidos en túnicas árabes, las mujeres con el pelo cubierto, las burkas y sandalias, en contraste con los jóvenes y turistas que visten a la usanza occidental. Algunas jóvenes llevan blue jeans y tacones empinados, pero aun con su celular pegado a la oreja, su cabeza está cubierta por el infaltable velo. 

    Los sonidos y olores del bazar son abrumadores.  Se aprecia una mezcla de comidas variadas en los puestos de ventas alienados en una sola fila: no falta el kebash de cordero asado con especies varias, los tabules y los tajines. Al lado se encuentran los sitios de jugos y bebidas refrescantes: las naranjas se exprimen en frente del comprador y produce un gozo inexplicable verterla en los labios para refrescar el calor sofocante. Más allá se hallan las mesas de dátiles, nueces variadas y otras suculencias propias del lugar. Los humores se confunden entre aromas dulzones, carne asada, vahos rancios y orines de camellos, que inundan el bazar. Los sonidos son variados y disonantes. Desde los  aguadores, que ofrecen agua con una percusión rítmica sobre las jofainas de metal, una tradición milenaria que data de  épocas en que las bebidas no se embotellaban ni se vendían en forma gaseosa, ni era fácil encontrarla en un lugar desértico como Marruecos.

    A este griterío se suman las flautas de los encantadores de serpientes a cuya melodía responden las cobras adormiladas desenroscándose perezosamente en una danza sensual y conmovedora. Los encantadores pronto se pierden entre el griterío de vendedores que anuncian su mercancía a medida que nos adentramos en el mercado. De cada rincón nos alcanza una profusión de sonidos musicales provenientes de parlantes en cada puesto de venta, entre los que se aprecian los heavy metal y los ritmos latinos con las mezclas de tonadas orientales al ritmo de los hip hops en diferentes lenguages.

    

     Encantador de serpientes en el Bazar de Marraquesh

    La vista se deleita ante el festín de colores y maravillas de las mercancías que se ofrecen a nuestros ojos:  joyas magníficas en una pedrería variada de gemas refulgentes. Las mezclas de estas piedras son un arte en sí mismo y me soprendió el tamaño de las mismas.  Hay collares que serían imposibles de lucir en un cuello por su tamaño y peso. Los cueros teñidos son un lujo especial por la técnica que guardan con celo los marroquís. Asimismo, los fasis, o telas teñidas de diversos colores son asombrosos.  Luego pasamos ante las cerámicas en sus variadas formas: azulejos, turquesa, lozas y pedrería, jarrones y jofainas adornadas con diseños  bellísimos y los famosos arabescos. Los objetos de plata son una delicadeza. Las vituallas en todas las formas y tamaños componen una algarabía de hermosura. Yo me enamoré de todo, pero no podía demostrarlo porque como turista se me notaba la gana y me asediaban los vendedores. Curiosamente, ninguna mujer hacía parte de las ventas. Las únicas que se paseaban en el bazar, estaban acompañadas de sus hombres, que supongo serían sus maridos, y sus hijos, y siempre, caminaban un paso atrás de ellos. Sus atuendos de vistosos colores y bordados las hacían ver intrigantes y enigmáticas.  A veces me miraban desde la ranura pequeña de su visillo con un dejo de desdén. En una ocasión vi a una mujer completamente vestida de negro y la cara cubierta que, trataba de comer un  helado. Ella se giró para otro lado tras su hombre y a su hijo. Nunca pude descubrir cómo hizo para degustar el cono.


Al final de la tarde Abdul nos llevó a uno de los restaurantes ubicabados en las terrazas sobre la medina. Desde allá observamos el espectáculo en todo su esplendor mientras disfrutábamos unos Kebash con té de menta.  En el momento de la puesta de sol, justo cuando se fundían las dos líneas de luz y oscuridad en el horizonte,  escuchamos el llamado por los megáfonos localizados en cada esquina de la plaza. El mundo paró en un instante y todos callaron y cesaron sus actividades al sonido del Allahuakbar  (Dios es Grande, Dios es grande, Dios es grande) repetidos varias veces por el Mouzzin (muecín) desde el minarete de la mezquita central. El llamado a la oración islámica que varias veces al día convoca a la oración de los fieles y que todos, creyentes o no, respetan inmensamente. Yo sentí una mezcla de admiración y emoción ante ese espectáculo que me recordó  leyendas del oriente y que me situaron en el centro de esa experiencia tan diferente de todo lo que he conocido anteriormente.

 

 

 Valle de Ourika

Al día siguiente nos dirigimos al Valle de Ourika en las Montañas Atlas, un sitio legendario de valor histórico y cultural, que también ha sido escenario de películas memorables como Lawrence of Arabia.  Los berbers, son los habitantes originarios de estas montañas y los que han soportado por siglos las invasiones de lado y lado del Atlántico entre los que se cuentan los romanos, los árabes, los franceses, los españoles y numerosas tribus del desierto Sahara que comienza al otro lado de la cadena montañosa.

Montañas Atlas   

    Los berbers  continúan allí  orgullosos de sus tradiciones, de su cultura, su lengua y su comida.  Un dato de interés fue saber que San Agustín, el gran padre de la filosofía teológica en que se basa la iglesia católica y por ende, de la civilización occidental fue un berberí.  Queda por supuesto la gran incógnita, ¿cómo es que todavía subsiste dicha doctrina basada en los imaginarios de un “bárbaro” (palabra derivada de “berber”), basada en tradiciones de una cultura del desierto ligada a los desafíos de una época como el siglo XII de luchas entre pueblos primitivos? ¿Es este el legado que sigue vigente en la Iglesia del siglo XXI?

    Mis amigos berberís, Mohamed y Jamal, de 10 y 12 años respectivamente fueron los guías que me llevaron literalmente a la cumbre de los cerros para apreciar las cascadas de Ourika. Vale decir que el trayecto era una cuesta empinada escarpada y desigual provista de rocas enormes lisas. Un paso en falso y ahí se acababa el paseíto. Sin embargo, mis guías fueron infalibles y llegué a buen término a la ansiada cúspide.  La vista y el paisaje justificó la experiencia aunque la caída de agua no era más impresionante que ninguna de las que abundan en Buttermilk Falls de Ithaca, Nueva York. Lo más interesante fue observar cómo esta cultura aprecia la vegetación y el agua. El río y la cascada se conservan con veneración.

 

Almuerzo beberri en las Montañas Atlas de Marruecos

    El almuerzo que degustamos al regreso del paseo fue la recompensa. Los restaurantes esparcidos por la orilla del río consisten en sofás de estilo árabe frente a una mesa con la decoración a la usanza morisca sobre tapetes de bellos diseños. Allí en medio de la naturaleza y del río paladeamos un exquisito tajin (tagine). Este plato típico se sirve en una cerámica en forma cónica donde  se han cocido carne de cordero, papas y verduras variadas  al carbón en una mezcla de especies típicas del lugar. Un plato de frutas frescas y té de menta culmina la aventura de sabores y placeres sensoriales al frente del río que recorre las Montañas Atlas. ¡Ah, me olvidaba! No podía faltar la música que ejecutó con maestría un berber con un instrumento de percusión entonando melodías propias de la región.

 

 


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