Inescrutable India
¿Se imaginan una travesía por un canal entre las plantaciones arroceras en un bote de caña hecho para transportar las cargas de arroz por el sur de India? Esa fue exactamente la aventura que nos llevó a recorrer el río Pamba en el sur de Kerala para desembocar en el lago Wembanad en una aventura alucinante.
En un viaje que realizamos a la India con el curso de Agricultura Internacional de Cornell tuvimos la oportunidad de llegar con anticipación a Mumbay y de visitar varios sitios en el sur de India. En Cochin, la capital del estado de Kerala, conocimos templos hindús, sitios arqueológicos, museos y muchas iglesias cristianas, ya que el 40 por ciento de la población profesa este credo. Sin embargo, lo más relevante de esta visita fue la navegación en bote por el río Pamba.
Roberto, Victoria y yo nos embarcamos en la mañana de un día soleado en la población de Allappey. La tripulación la componían dos hombres, encargados de navegar, preparar nuestras comidas y atender nuestras necesidades.
El Kettuvallam es un tipo de barcaza construida con cascos de madera de la región cubierta por un techo de bambú y hojas de palma curvados que semejan casas flotantes. Kettu significa paquete y Vallam, bote grande. Originalmente se usaban para transportar las pacas de arroz de la variedad matta, que se cultiva en el sur de la India y tiene una calidad especial muy apreciada en el arte culinario del mundo asiático.
La disposición de la nave
permitía que nos sentáramos en una especie de tablones de madera con cojines
dispuestos en la parte delantera para observar el paisaje en toda su plenitud.
Las comidas se servían en el recinto contiguo a la proa, lo que permitía que
continuáramos divisando el panorama sin interrupción. Así que la mayoría de la
navegación la pasamos disfrutando la grandeza del río Pamba en una travesía por
entre poblaciones pesqueras, sembradíos de arroz, lavanderas que entonaban
canciones mientras nos miraban con curiosidad, y lanchas de lugareños que
atravesaban el canal, incluyendo a escolares uniformados de prendas azules que
nos decían adiós con grandes sonrisas.
Desde que nos embarcamos dejamos atrás aparatos, teléfonos y dispositivos que nos conectaran con el presente. Nos trasladamos a un mundo atemporal y mágico que nos recordaba las leyendas sobre los misterios de la India y de su historia milenaria. Fue así como rebusqué entre las rendijas de la memoria la epopeya fundacional del Hinduismo plasmada en el Ramayana.
El Ramayana nos cuenta que en la antigua ciudad de Ayodhya, reinaba el rey Dasharatha. Con el tiempo tuvo cuatro hijos con sus tres esposas, el mayor de los cuales era Rama, la encarnación del dios Vishnú. Aunque Rama fue designado como el príncipe heredero, la reina Kaikeyi exigió que su hijo Bharata fuera coronado rey y que Rama fuera desterrado al bosque por catorce años.
Rama aceptó el exilio con calma y dignidad. Su esposa Sita y su hermano Lakshmana lo acompañaron en el destierro. Los tres partieron hacia el bosque, donde enfrentaron numerosas pruebas y tribulaciones. En el bosque, Rama, Sita y Lakshmana se encontraron con una serie de personajes, incluida una criatura demoniaca llamada Surpanakha, que se enamoró de Rama y trató de separarlo de Sita.
Inducido por la malvada Surpanakha, el rey Ravana secuestró a Sita, y se la llevó a su reino en Lanka. Rama emprendió la búsqueda de su esposa con la ayuda de Hanuman, el poderoso jefe de los monos. La batalla entre el bien y el mal alcanzó su clímax cuando Rama y Ravana se enfrentaron en una lucha feroz. Rama derrotó a Ravana y rescató a Sita. Después de catorce años de exilio, Rama regresó triunfante a recuperar su reino en Ayodhya, donde fue recibido con gran regocijo.
Pese a ser coronado rey y gozar de paz y prosperidad, el corazón de Rama sufría de inquietud por las dudas sobre la fidelidad de su esposa. Sita entonces decidió demostrar su virtud en una prueba decisiva. Se lanzó a las llamas, pero el dios del fuego le permitió salir ilesa para demostrar así su condición de pureza y lealtad. Cuentan que Rama reinó por muchos años más y fue modelo de justicia y de sabiduría.
El Ramayana, escrito en sánscrito por Valmiki en el siglo III antes de Cristo, sigue siendo una fuente de inspiración para millones de personas de la India. Las aventuras y pruebas que se relatan han afirmado los valores que se predican y se practican: el respeto por la naturaleza, el cultivo del espíritu en la evolución humana que se refleja en las múltiples reencarnaciones; las cualidades de lealtad, verdad, sabiduría y el triunfo del bien sobre el mal como constantes del hinduismo.
Al atardecer, llegamos a la laguna de Vembanad. El bote atracó en la mitad de sus aguas rojizas y plácidas, mientras el cielo se tornaba carmesí y las aves de variados tonos y plumajes entonaban su canto vespertino. Nuestros anfitriones nos sirvieron una cena compuesta de lentejas rojas con dal, carnes al curry, y vegetales adobados con las especias típicas de la región. El té acompañante tenía un sabor inigualable, proveniente de la región de Munnar, también en el estado de Kerala.
La serenidad de esa noche bajo el firmamento espolvoreado de estrellas y una media luna que se columpiaba sobre una nube solitaria me llevó a comprender la dimensión del silencio y la meditación para controlar la mente y armonizar el ser interior que predican los Hindús. Unos días atrás habíamos visitado uno de sus templos, lo que nos permitió comprender la filosofía que promulga la perfección de espíritu a través de varios niveles de evolución. Los hindús creen en la síntesis cuerpo-espíritu y en el equilibrio de potencias basadas en la tesis, antítesis, el bien y el mal. De esta forma, el ser humano debe lograr un ascenso en el escalafón a medida que armoniza las potencias de su ser interior. Esa noche, bajo la esfera celestial alcancé apercibir esa especie de armonía, paz de espíritu y equilibrio necesario para alcanzar la perfección.
Más tarde nos alojamos en las habitaciones rústicas ubicadas a cada lado de la barca en lo que semejaba un tipo de gruta fabricada con cañas de bambú y palmas de cocó. Los chillidos de las aves y los monos aulladores desde el follaje de la ribera del lago nos despertaron al alba. Aunque el regreso fue placentero, nos pareció demasiado rápido. Anhelábamos no despertar de ese sueño y seguir explorando el misterio inescrutable de la India. La evocación de El Ramayana me había llevado a preguntarme sobre las múltiples reencarnaciones de Vishnú y sus representaciones que están a la vista en todos los lugares que visitamos. Sin embargo, esa ilusión se rompió al regresar a Allappey y tomar el taxi que nos llevaría a Cochín. El ruido y la algarabía de las bocinas, el tráfico insoportable, los gritos y la aglomeración de gente me regresaron a la modernidad. La fantasía había llegado a su fin, pero no me desanimé cuando me dije para mis adentros: “La búsqueda apenas comienza y la aventura continúa”.


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