La flor de la noche

 

            Like a blooming night flower,

Bestow your vital fragrance of happiness

And giving

Upon our intimate assembly.

 



 

 Hay una leyenda que cuenta que la flor más hermosa del mundo florece una vez cada año sólo en la noche y por unas horas, pero su belleza es tan radiante y su fragancia tan exquisita que quienes la ven ya nunca serán los mismos otra vez.

María Stycos, mi amiga y colega de Cornell, me regaló una hoja de esa planta cuando nos marchamos de Ithaca. Me dijo simplemente que esa planta florecía una vez al año y solo por una noche. En efecto, la hoja que viajó envuelta en papel mojado entre una bolsa sobrevivió a la mudanza y creció desmesuradamente por dos años y medio en aparente indiferencia. A mediados de junio mostró unas protuberancias extrañas diferentes de las hojas que crecían en forma extraña y dispareja. Roberto observó que no eran hojas, sino flores. Los botones eran pequeños bulbos blancos semejantes a los capullos de las mariposas. No les prestamos mayor atención hasta la noche en que coincidieron las circunstancias con la visita de nuestros familiares en la celebración del 4 de julio.

 

Ese fin de semana tuvimos la visita de Steve y Janet, mis cuñados para celebrar la efeméride de los estadounidenses que casi siempre ignoramos. La casa y el jardín de nuestra casa de Okemos, Michigan, lucían preciosos, como nunca. Roberto y Steve se dispusieron a ver el partido del equipo de Colombia contra Inglaterra en el mundial de fútbol. Tras el triste y esperado desenlace, nos reunimos en el Sun room a disfrutar el resto de la velada familiar. De pronto,  nos percatamos de que uno de los botones que había salido unos días antes en esa planta extraña se empezaba a abrir y un olor increíble inundaba el recinto. Janet, que es amante de plantas, se aproximó a observar la flor. Todos nos acercamos y nos quedamos maravillados frente de esa flor que se abría ante nuestros ojos, segundo a segundo y empezaba a mostrar el mayor esplendor que yo haya visto jamás en una flor.  

 


Pasamos el resto de la velada observando el fenómeno que ocurría en forma mágica. Los pétalos blancos se explayaban dejando a la vista los pistilos coronados en una estrella blanca, a la vez que el aroma se hacía más penetrante.  Steve y Roberto compartieron recuerdos de su niñez, anécdotas de sus padres y de las experiencias que juntos vivieron y los formaron en quienes son hoy día. Janet tejía, Victoria hacía crochet, escuchábamos música de Gypsy Kings y la flor seguía expandiéndose e inundando con esa fragancia tenue, ligera y al mismo tiempo embriagante. No sé si fue el perfume que nos hipnotizó sin darnos cuenta o la belleza de la flor, pero el instante de comunión entre familia se convirtió en único y memorable. Fue en ese contexto que la flor llegó a su máximo esplendor alrededor de la medianoche y pudimos deleitarnos con su extraordinaria belleza.  En la mañana la flor yacía lánguida y durmiente, colgando tristemente de su tallo sin vida. Steve y Janet se marcharon y la vida siguió.

La flor de la noche solo florece una vez cada año, pero su momento de esplendor resume toda su esencia a ese instante de exuberancia prodigiosa. El aroma que esparce es tan exquisito que el observador no tiene otra opción que reverenciar en su corta existencia a la flor más hermosa que la naturaleza puede concebir. Por supuesto, esta flor no se consigue en el mercado, ni en los jardines botánicos, ni se ven en los hoteles ni en los grandes salones. Ella sólo existe porque una amiga tan especial como María Stycos me la dio y me dijo que esperara con paciencia a que floreciera esta planta aparentemente anodina. 

Esta experiencia me hizo pensar en esos momentos únicos de la vida que sin importar su brevedad nos dejan un impacto profundo y nos marcan para siempre. Me hizo recordar la mirada que cruzamos con Roberto en el Museo de Arte Moderno en Washington aquel día de junio de 1987 al contemplar un cuadro de Andrew Wyeth, o el día en que Noella Blake me dijo “Thanks for making my son happy” o aquella tarde en Vermont cuando Tyson me preguntó, “Would you marry my dad?”, o el primer gemido que exhaló Victoria a las 4:05 de la tarde del 14 de agosto de 1992. Pero también, me transportó a aquellos otros momentos no exentos de tristeza, como cuando mi Papito interpretó por última vez en el teclado el tema de “The Bridge on the River Kwai” dos días antes de morir, la canción que él me dedicó con un arreglo especial. O aquella noche aciaga e inolvidable en que mi Mamá me pidió que le cantara “Azul” para poder dormir. Y después de entonarle calladamente la melodía en aquel cuarto de hospital, cayó en un plácido sueño del que nunca despertó. Como la flor de la noche, todos los hermanos nos reunimos a su alrededor a despedirla, a agradecerle su existencia, su ternura y su bondad, a la más bella mamá que pudo existir, a medida que su respiración se hacía más espaciada y tenue a través de su máscara de oxígeno…hasta que se apagó y se silenció para siempre.


La flor de la noche amaneció lánguida y cerrada, desprovista de color y de fragancia después de su noche de esplendor… Nosotros terminamos nuestro tiempo en Michigan… Todo pasa y todo queda.  Somos criaturas de una noche, de instantes felices y de momentos penosos.  Podemos vivir como los cactus y las flores silvestres eternas y monótonas rutinas inamovibles, o arriesgarnos a ser por una noche exultantes y aventureros y llegar a clímax insospechados, pero especialmente, podemos valorar los momentos que nos brinda la existencia de intensidad suprema y deleitarnos plenamente en ese recuerdo que perdura para siempre.

 

 

 

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