Machu Picchu

                                     Este arrecifo andino de colonias glaciales…

                Pablo Neruda

                                                    

El poema “Alturas  de Machu Picchu” de Pablo Neruda, que tanto he leído y degustado, adquiere  sentido cuando recuerdo mi primer viaje a Machu Picchu en mis luminosos veinte años. Fue un viaje increíble en una época de inmadurez, ingenuidad y de numerosas inquietudes, en donde se combinaban mi avidez de conocimiento y la inexperiencia de la juventud. 

En diciembre de 1978 un grupo de jóvenes de las universidades Javeriana y de los Andes emprendimos un recorrido por tierra desde Colombia, pasando por Ecuador, Perú y Bolivia.  Éramos 15 jóvenes, atrevidos, inocentes, impulsivos, pero sobre todo,  teníamos veinte años. Entre el grupo se encontraban mis amigas y compañeras de colegio: Claudia, María Claudia y Margarita.  El líder era un estudiante de ingeniería oriundo de Palestina, Riad Malki. El resto lo componían siete chicas y seis muchachos, ninguno mayor de 23 años. A nadie se le ocurrió pensar lo que ese viaje entrañaba.  Durante el viaje se formaron varias parejitas y compartimos momentos inolvidables. También nos abocamos a terrenos desconocidos, como el no saber que en todos los países fuera de Colombia regían dictaduras militares y tuvimos que someternos a registros desgradables a los que no estábamos acostumbrados. Fue un viaje de crecimiento y de aprendizaje. Pese a que tuvimos aventuras muy riesgosas, nunca nos pasó nada grave. 

Viajamos en una buseta alquilada por una empresa de buses de Bogotá. Iban dos conductores que se turnaban la manejada.  Aún hoy no entiendo cómo no tuvimos un accidente en esas largas jornadas en que uno se turnaba con el otro, pasando por trochas destapadas, donde por  trechos interminables no encontrábamos visos de civilización. Una noche nos perdimos en un pueblo fantasmal en Ecuador. Fue como una visión alucinante que nunca pudimos descifrar. Al otro día relatamos lo sucedido cuando por fin llegamos a un pueblo conocido. Nos dijeron que esa ruta no existía y que debíamos haberlo soñado.

Nos enfermamos varias veces por tomar agua de río y por comer  lo que estuviera a nuestro alcance en cualquier parte y sin ninguna prevención. Pasamos días asediados por la diarrea que casi era disentería en el desierto de Tumbes aprendiendo a convivir con la naturaleza en los momentos de mayor opresión estomacal. Pero, al mismo tiempo apreciamos por primera vez la riqueza culinaria peruana que hoy es de prestigio universal.

 En las islas flotantes del lago Titicaca, Claudia Sanín se hundió entre las cañas de totora. Vimos aterrados cómo las plantas fibrosas que componen las islas flotantes se convertían en una superficie movediza que la devoraba ante nuestros ojos. No supimos qué hacer, pero los lugareños la sacaron con toda la serenidad lazándole una rama para que se aferrara a ella.  En otra ocasión, llegamos a Puno en un recorrido eterno de 15 horas desde Arequipa por una carretera destapada donde no se localizaba ni una estación de gasolina y menos un lugar donde comer o donde ir al baño. El frío era tremendo pues habíamos subido de 2.300 metros a casi 4.000 metros en una sola jornada. Cuando llegamos a Puno y por fin encontramos un restaurante de camino, nos lanzamos del bus en forma presurosa. La sensación que a todos nos acometió fue unánime: nausea, vómito, malestar general: el soroche. No sabíamos que esto existía.  Felizmente, los lugareños, nos dieron a tomar una infusión que de inmediato nos recuperó el bienestar general. Era la sagrada hoja de coca de los Incas, que hasta la fecha conserva las maravillosas propiedades medicinales en su condición primaria.


El punto culminante de nuestro viaje fue Machu Picchu. No conocíamos mucho sobre este sitio, y nos impactó encontrarnos ante el esplendor en su máxima potencia. Machu Picchu está construida sobre una base de estructuras de piedra que revelan la existencia de una ciudadela Inca en tiempos remotos. Es una construcción de un cálculo arquitectónico admirable. Permite apreciar los conocimientos avanzados de los incas acerca de la geometría, la física y la disposición de los astros.  Pasamos todo el día recorriendo las ruinas, admirados por su belleza y por su despliegue de cálculo arquitectónico y de estética hasta las cuatro de la tarde. 

A esa hora, una de nuestras compañeras, Alexandra, no aparecía. Se había ido a explorar la montaña adyacente, Huana Picchu. Cuando los guías nos dijeron que esa montaña era muy peligrosa porque tenía varios abismos invisibles y que el turista inadvertido podía caer por sus pendientes, nos aterramos.  Se armó todo un contingente para ir en busca de Alexandra. Mientras tanton los microbuses partían llenos de turistas y nos enteramos que a las seis de la tarde se terminaba el transporte que iba a la población más cercana, Aguas Calientes. ¡Alexandra, Alexandra! gritábamos desesperados. No nos imaginábamos no encontrarla, o que hubiera sufrido un accidente o cualquier eventualidad. Los guías nos convencieron de que tomáramos el último microbus y que se quedaran dos personas. Riad y Nacho se ofrecieron. Nosotros los esperamos con el corazón en la mano.  No nos podíamos imaginar que algo le pasara a Alexandra.

La alegría fue inmensa cuando al fin aparecieron Riad y Nacho con Alexandra. En efecto, se había perdido escalando el cerro de Huana Picchu, pero al final la encontraron unos de los guías y la reunieron con los muchachos que se habían quedado a esperarla.  ¡Qué alivio!

En sucesivas visitas a Perú y al Valle Sagrado de los Incas, Machu Picchu ejerció un poder mágico y  me compenetré con sus secretos y misterios. Sin embargo esta primera aventura quedó grabada en mi mente como la más significativa.

La sagrada piedra del sol en Machu Picchu

Machu Picchu es una experiencia fuera de toda previsión. Ahora, comprendo plenamente las líneas del poema de Pablo Neruda, Alturas de Machu Picchu:

Piedra en la piedra, el hombre dónde estuvo?

 Aire en el aire, el hombre dónde estuvo?

Tiempo en el tiempo, el hombre dónde estuvo?

El poema abarca la grandeza de este lugar mágico, inconmensurable, grandioso, que nadie ha podido realmente desentrañar. Desde que el arqueólogo Hiram Bingham lo explorara e hiciera público su descubrimiento en 1911, se han tejido muchas leyendas y teorías. En realidad, sólo se sabe con certeza que este era el sitio sagrado donde residían la nobleza y los sacerdotes incas, y que gracias a su difícil acceso, se salvó de la embestida de los españoles durante la conquista. 

Pablo Neruda convierte a Machu Picchu en la metáfora de América. Las montañas de Machu Picchu y Huayna Picchu lo dicen todo; las piedras revelan un misterio insondable, la armonía, el viento, el río, donde el paisaje habla por sí solo. La esencia se resume en las últimas estrofas del poema de Neruda, convertidas en el himno de resistencia de América:

Sube a nacer conmigo hermano.

Dame la mano desde la profunda

Zona de tu dolor diseminado.

No volverás del fondo de las rocas.

No volverás del tiempo subterráneo.

No volverá tu voz endurecida.

No volverán tus ojos taladrados.

Miradme desde el fondo de la tierra,

Labrador, tejedor, pastor callado:

Domador de guanacos tutelares:

Albañil del andamio desafiado:

Aguador de las lágrimas andinas:

Joyero de los dedos machacados:

Agricultor temblando en la semilla:

Alfarero en tu greda derramado:

Traed a la copa esta nueva vida

Vuestros viejos dolores enterrados.

Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,

Decidme: aquí fui castigado,

Porque la joya no brillo o la tierra

No entregó a tiempo la piedra o el grano:

Señaladme la piedra en que caísteis

Y la madera en que os crucificaron,

Encendedme los viejos pedernales,

Las viejas lámparas, los látigos pegados

A través de los siglos en las llagas

Y las hachas de brillo ensangrentado.

Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.

 

 

 



 

 

 

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