La maldición de la Xulá
Inscripciones en piedra en el sitio arqueológico de Yaxuná
En la mitad de la noche escuchamos un murmullo que parecía un silbido monótono ascendiendo en intensidad como una amenaza siniestra que nos cercaba paulatinamente. Mi hija prendió una linterna y las vimos: eran miles, millones de criaturas que se arrastraban como un tapete negro. El foco de luz las siguió mientras trepaban por las paredes, los muebles y se metían dentro del equipaje. Luego, subieron a la cama donde nos encontrábamos. Las vi en las sábanas y luego las sentí invadiendo mi cuerpo hasta llegar a mi cabello. Ambas gritamos al unísono: ¡son hormigas!
Esa tarde habíamos viajado desde Mérida hasta Yaxuná, una pequeña comunidad maya ubicada a veinte kilómetros de Chichén Itzá. Carlos, un colega de la Facultad de Antropología de la Universidad de Yucatán, nos había ofrecido la gran oportunidad de conocer en este sitio que aún no había sido invadido por la industria turística y conservaba sus modos de vida y costumbres de épocas ancestrales. “Es que los mayas no han desaparecido —proclamaba Carlos— como declaraban todos los folletos y guías turísticas de la región. “Están ahí a plena vista, solo que nos se les reconoce como los herederos de esa gran cultura y civilización”.
Al llegar a Yaxuná con Roberto y Victoria, de doce años, los miembros de la población nos acogieron con calidez. Esta era una villa arqueológica de unos doscientos habitantes. Los pobladores conservaban los rasgos mayas y vestían los trajes que identificaban su grupo étnico: las mujeres unos vestidos sencillos conocidos como huipiles, y los hombres, pantalones blancos con camisas sueltas de algodón amarradas al cinto, llamadas ternos. Los jefes de la comunidad habían sido avisados de nuestra llegada y nos mostraron la palapa donde nos hospedaríamos esa noche: un recinto circular elaborado con materiales naturales de barro prensado mezclado con mangle rojo —una especie vegetal de la región— y techo de palma de huano. Lo más asombroso era el clima agradable del interior. En un lugar tan cálido como Yucatán, donde nadie sobrevive sin aires acondicionados a toda potencia, dentro de la palapa el aire era cómodo sin necesidad de ventiladores. Juan Xu, el líder, nos comentó que los materiales con que construían las palapas estaban diseñados desde tiempos inmemoriales para mantener el ambiente fresco.
—¿Y dónde vamos a dormir —¿preguntó Victoria?
La palapa solo contaba con una mesa con algunas sillas. Juan nos señaló las tres hamacas. Él las extendió de lado a lado de las paredes circulares y nos aseguró que era la mejor manera de dormir.
Roberto y yo nos alteramos. <<¿Dormir en hamaca? No, no gracias. ¿Nos podría traer unas camas? Es que no estamos acostumbrados>>. Juan insistió que las hamacas era la forma más cómoda y segura de dormir en estos parajes.
—¿Por qué? ¿Hay algún peligro?
Juan simplemente le hizo un gesto a su compañero y le ordenó que nos trajeran dos camas. Roberto, de talla grande y corpulento, se acomodaría en una, y Victoria y yo en la otra. Dejamos nuestros equipajes en las sillas y nos marchamos a recorrer el lugar.
Juan y sus compañeros nos llevaron en un recorrido maravilloso que nos transportaba en el tiempo y nos situaba en épocas de la preconquista: convivencia armónica, respeto por la naturaleza, culto por los elementos y una cosmovisión basada en la relación con los astros. Era increíble que en el siglo veintiuno aun existieran grupos humanos con esta concepción de vida.
Durante el recorrido aprendimos sobre los árboles, las plantas, las estaciones y la forma como manejan las cosechas. Yucatán está situada sobre una roca plana inmensa. Se presume que un meteorito cayó hace miles de años y hundió una parte del continente. De ahí proviene el mito de la Atlántida. Las condiciones geológicas de la península son muy particulares: no hay ríos ni montañas ni lagos. La agricultura es escaza por la aridez de las tierras. El agua la extraen de pozos profundos llamados cenotes, que son perforaciones dejadas por la caída del meteorito. El maíz, el frijol y el cacao que se cultiva en las milpas constituyen la base de su alimentación. Una de las industrias más importantes es la miel de abejas. El estado es famoso por la miel de sabor exquisito y de uso medicinal que proviene de la abeja sagrada, la melipona. Lo característico de estas abejas es que carecen de aguijón, pero su mordedura puede ser mortal. Nosotros la habíamos probado y quisimos conocer la colmena de donde se extraía la preciosa miel.
Abejas meliponas sin aguijón en la colmena
La colmena consistía en un tronco hueco con un portón en el centro. Allí se situaba una abeja guardiana que vigilaba la entrada y salida de las obreras. Lo primero que apreciamos fue que ninguno de los que operaba la colmena llevaba equipo protector. Sin embargo, extraían con la mayor naturalidad la miel y las abejas no les hacían nada. Entonces, Juan nos explicó:
—El procedimiento es muy sencillo. Antes de iniciar la extracción, le pedimos autorización al guardián, el Beecheii. Si está de acuerdo, las abejas se apartan de las colmenas. Si no acepta, las dejamos tranquilas.
El líder pronunció unas palabras en maya y le indicó a mi hija para que las repitiera.
Ella preguntó qué estaba diciendo.
—Le estoy pidiendo permiso a las abejas de esta colmena para que le permitan sacar la miel a la niña.
Victoria repitió el parlamento, y al parecer, el Beecheii estuvo de acuerdo, porque al momento, las abejas se dispersaron y permitieron que ella introdujera la mano en la colmena y sacara una cucharada de miel.
Fue algo maravilloso. Ni Victoria ni nosotros lo podíamos creer. Para ella significó una experiencia sin igual. Desde pequeña había sentido una curiosidad particular por los elementos naturales. Y la comprensión de que la naturaleza debe ser consultada antes de ser explotada, le definió su carrera científica.
En la noche, cenamos un delicioso plato de cochinita pibil: trozos de cerdo aderezados en salsa de achiote con naranja agria y bastante ajo. Esta mezcla se cuece por aproximadamente dos horas en una vasija de barro rodeada de hojas de plátano enterrada bajo la tierra., de ahí su nombre “pib”. El plato lo sirvieron en cuencas de barro acompañado de tortillas de maíz recién amasadas y asadas en un comal sobre un fogón de leña. Pese a que este es el plato típico de Yucatán, y lo habíamos degustado muchas veces en los restaurantes y sitios turísticos, jamás tuvo un sabor tan suculento como en esta ocasión.
Los miembros de la comunidad se sentaron alrededor de una mesa común y compartieron la cena con nosotros en medio de historias y la calidez propia de los yucatecos mayas. Como el sitio carecía de iluminación eléctrica pudimos observar las estrellas en todo su esplendor. Juan nos contó que los mayas consideran a los astros como la guía de todas sus acciones.
—Los antiguos profesaban la creencia de que los dioses les enseñaron a los hombres cómo vivir en armonía con los animales y las plantas. Si esta armonía se rompe, sobrevienen los castigos. No se debe ofender al dios Chaac porque nos castiga con tormentas y huracanes devastadores, o peor aún, con una sequía extrema. El dios Kinich Ahau nos abraza con su luz solar para que crezcan las milpas con la ayuda de Kukulkán, la serpiente emplumada, que además de ser el supremo creador del universo, encarna el día, la luz y la vida.
La población de Yaxuná es autóctona y trabaja en cooperativa.
Nosotros nos embelesamos observando el firmamento y escuchando las explicaciones de este hombre que casi no sabía español, ni había asistido a escuelas ni centros de educación, pero su sabiduría era mayor que muchos de grandes eruditos.
Juan explicó que los antiguos habían aprendido las claves del buen vivir y las señales de la naturaleza. Los mayores reconocían los signos que anticipaban las épocas de lluvias, los cambios de la atmósfera y las épocas de calor. Ellos se guiaban por las fases de la luna, la Ixchel, los fenómenos estelares y la posición de los astros para las obras de arquitectura. Esto explica el fenómeno de que la pirámide mayor de Chichen Itzá proyecte la serpiente emplumada en sus escalas cuando el sol se posiciona en forma perpendicular sobre la tierra durante el equinoccio. No es fortituo que los mayas hayan desarrollado el calendario solar más preciso del que se tenga noticia hasta ahora.
—¿Y cómo saben cuando los dioses se ofenden? —pregunté.
—Los dioses se enojan cuando no se cumplen los rituales. Por eso, el jaguar —el Balam— dios de la noche, es una de las deidades más temidas por su furor y poderío. Si se le contraría puede ocasionar desastres naturales de gran devastación como plagas y enfermedades. Al Balam le tenemos mucho respeto, por eso le rendimos tributo y tenemos en cuenta sus señales —dijo con severidad Juan—. Además, él cuenta con su séquito de aluxes, duendes que salen en la noche a vigilar que las personas obren acorde a las premisas de la oscuridad.
Agradecimos la cena y nuestros anfitriones nos acompañaron hasta la palapa de visitantes. Nos entregaron unas velas para alumbrarnos y nos recomendaron que durmiéramos en las hamacas.
—Es más fresco y seguro.
Nosotros no hicimos caso. Victoria y yo nos acomodamos en la cama más cercana a la entrada de la palapa y Roberto en el catre que se hallaba en el extremo posterior. Antes de dormir, Victoria me contó que había un sapo muerto a la entrada de la cabaña y varios insectos alrededor. No le presté atención. El día había sido largo y nos dormimos de inmediato.
En la mitad de la noche nos despertó el susurro de un ejército de hormigas que cruzaba por la palapa. Cuando Victoria y yo gritamos, ¡Hormigas! Roberto se despertó y dijo,
—¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto escándalo?
— Hormigas, Papito, mira las hormigas —le indico Victoria con la linterna proyectada sobre el piso, las paredes, la mesa, y el equipaje. Todo estaba cubierto por un manto negro de hormigas silbantes.
—¿Tanto escándalo por unas hormiguitas? —respondió con intención de volver a abrazar su almohada.
En ese momento los insectos ya se habían apoderado de nosotros. Yo las sentía ascender por todo mi cuerpo y merodear en mi cabello. Roberto se levantó dispuesto a ver lo que ocurría y se bajó de la cama. En ese momento se sintió el crujido de sus pies sobre el ejército de hormigas y las que sobrevivieron a su pisotón subieron por sus piernas hasta alcanzar sus partes pudendas. Las picaduras lo hicieron brincar y sacudirse como mono de circo.
—What is this? S..t! F…! —Cuando se fastidia, mi marido maldice en inglés—.
En medio del ataque, encontró la linterna grande y la prendió. Entonces se dio cuenta de que la situación era seria. El foco de la luz iluminaba ahora la palapa completa. No había uno solo lugar desprovisto de la nube negra de hormigas. Vinieron a mi mente escenas de Cien años de soledad, cuando sobreviene la maldición apocalíptica anunciada por Melquiades: el pueblo sería devorado por las hormigas coloradas y el último Buendía con su cola de cerdo perecería arrastrado por los voraces insectos.
Roberto se atrevió a llegar hasta la puerta del recinto brincando entre las hormigas, con la intención de pedir ayuda a nuestros anfitriones. Pero el aposento distaba de la aldea donde vivían ellos. No había nada qué hacer: defendernos como pudiéramos. No sé dónde encontró una escoba y arremetió contra las hormigas a punta de escobazos. Victoria había traído un repelente y empezó a fumigar, pero justo en ese instante el recipiente se vació por completo, dejando unas gotitas minúsculas en el piso. Cuando pude saltar y llegar hasta la puerta, vi con horror que el ejército de insectos venía en una romería desde el sendero que conducía a la entrada del pueblo. Eran millares. No habría forma de combatirlas. Entre gritos, saltos y exclamaciones procaces, regresamos a la cabaña. A Victoria se le ocurrió la idea salvadora:
Las hamacas. Eran los únicos lugares libres de hormigas. Allá no alcanzaban a llegar porque estaban colgadas de gruesos ganchos. Comprendimos la insistencia de nuestros amigos para que usáramos las hamacas. No solo resultaron ser mucho más cómodas y frescas, sino que nos sumimos en un profundo sueño, pese a que las hormigas continuaban atravesando la palapa y por lo visto todo el universo conocido hasta ahora. No recuerdo si soñé con hormigas coloradas o con las admoniciones del dios Chaac, pero me dormí plácidamente.
A la mañana siguiente nuestros anfitriones nos despertaron para invitarnos al desayuno. Cuando abrimos la puerta y les comentamos la experiencia de la noche pasada, ellos exclamaron: <<La Xulá vino a visitarlos. Tienen mucha suerte. Ellas traen la fortuna y la purificación>>.
Paso seguido observaron las manchas negras dejadas por los escobazos y el repelente. Por sus exclamaciones en maya, comprendimos que acabábamos de cometer un sacrilegio.
—No me digan que ustedes atacaron a la Xulá —advirtió horrorizado Juan Xu.
Como no pudimos negarlo a pesar de que intentamos alegar que nos estaban picando, los miembros de la comunidad reaccionaron con alarma. Los vimos discutir entre ellos, Entonces, Juan nos dirigió la sentencia:
—Ustedes han despertado la furia de la Xulá. Una maldición caerá sobre ustedes y sobre su mundo. Deben pedir perdón y rendir tributo y ofrendas a los dioses. Las hormigas son seres sagrados que limpian a su paso todo el desorden, la basura y los desechos. Pasan una vez cada año y traen la fortuna y la buena suerte a las casas que recorren en su trayecto. Ustedes contrariaron su tarea purificadora.
Miramos la palapa y nos dimos cuenta de que era cierto. El sitio estaba completamente limpio. No quedaban rastros de polvo ni residuos en el piso y el sapo muerto rodeado de insectos había desaparecido. Como dato curioso, las hormigas no tocaron la comida que estaba sobre la mesa, unas frutas y chocolates. Tampoco se veía ninguna hormiga, excepto las que habían perecido. Recogimos nuestras cosas y nos despedimos, un tanto avergonzados por la desacralización que habíamos cometido. ¿Es que no habíamos aprendido nada? La naturaleza tiene leyes que se deben respetar. No obstante, nuestros amigos se mostraron amables y no volvieron a mencionar el asunto.
Durante el camino reflexionamos sobre lo sucedido. Nunca habíamos aprendido tanto sobre la cosmovision del mundo por medio de unas personas sencillas y con un conocimiento admirable del universo. Pasaron los años y todavía me pregunto si las catástrofes que azotan al mundo, como el calentamiento global, las pandemias y los desastres naturales, incluso los nefastos gobernantes que rigen el mundo, son causados por la maldición de la Xulá.
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