Caos y armonía familiar

 

¿Hay piscina?

Nadie respondía ni prestaba atención en medio del barullo de esa mañana.

Mi mamá se afanaba con las maletas, que cargaban ropa y enseres para tres días de veraneo de ocho hijos de diferentes edades, entre los seis meses de la más pequeña y los doce años del mayor. Mi padre, revisaba las condiciones del auto con el capó abierto ayudado por Rafael.

Toño se acercó con las bicicletas, listo para meterlas en el baúl.

—Las bicicletas no van —declaró mi padre.

—Papacito, déjeme que yo sé cómo amarrarlas.

Rosa, la empleada, asistenta y niñera, cargaba las canastas de viandas, teteros, leche en polvo y frutas y golosinas que nos acompañarían en las vacaciones.

Mi abuelita nos apuraba a partir:

—Si no se marchan ya les va a caer la noche. Miraba a su alrededor la algarabía de niños, bultos y enseres amontonados por doquier, y clamaba:

—¡Virgen Santísima! ¡Qué caos!.

Supongo que no vería la hora de que la dejaran en paz.

Finalmente, el Lincoln modelo 48 color cereza se puso en marcha con su carga particular. Mi papá al volante, mi mamá a su lado con Consuelito en brazos, y Rafael, en la posición de privilegio, en la ventana de la parte delantera. En la parte de atrás, apretujados, íbamos el resto: Antonio en la ventana de la derecha junto a Javier, y yo en el medio al lado de Rosa, que ocupaba media silla, y cargaba a Angelita de seis años en las rodillas. Los gemelitos de tres años viajaban parados aferrados a las sillas de adelante entre los balones, juguetes y bacinicas que se hallaban en el piso. Los abrigos, mantas y ruanas descansaban en la parte superior del respaldar. El baúl cargado a tope apenas se mantenía ajustado y las bicicletas lucían orondas amarradas a la parte posterior del auto.

Era el anhelado paseo familiar de vacaciones de fin de año escolar. Y la primera vez que visitaríamos esta hostería muy recomendada para familias numerosas. El trayecto de dos horas de descenso por las sinuosas carreteras lo alternábamos entre cantos, rezos y trifulcas. Mi papá comenzaba a entonar la consabida canción familiar: <<No sé qué fue lo que anoche soñé…>>

—Mamita, Toño me está molestando.

—Acusetas….. Panderetas….

—¡Ay, no me pellizque! ¡No sea tonto!

—Quiero hacer chi chi —clamaba uno de los gemelos.

—Papacito, ¿de verdad hay piscina? —volvía a inquirir yo.

Hasta que mi papá lanzaba el grito:
—¡Si no se callan, no hay paseo! ¡Nos devolvemos ya!

Mi mamá le tocaba el brazo con suavidad y le decía en voz suave pero firme:

—Calma, Muchachito…

Luego, nos repartía tumes con queso que nosotros desenvolvíamos ansiosos y compartíamos en pedacitos pequeños a cada uno, lo que nos mantenía en silencio y ocupados por un rato. Mi papá se reponía  del enfado y volvía a entonar:

<<No sé qué fue lo que anoche soñé, que al despertar silencio juré. Vuelvo a soñar, vuelvo a reír, y siempre aquel ser delante de mí>>. Todos nos uníamos en la melodía y el caos precedente se fundía en armonía musical.

 

Al llegar al Foyé de Charité de la población La Esperanza, tras varias paradas de baño, recarga de agua del radiador —que tenía la mala costumbre de recalentarse— el Lincoln se abrió y salimos disparados como sardinas recién destapadas. Nos encontrábamos ante un chalet tipo suizo ubicado entre las ondulaciones de la Cordillera Oriental. El clima templado de bosque húmedo permitía disfrutar el calorcito atemperado por una brisa fresca que provenía de las montañas.

El hotel pertenecía a dos monjas belgas que convirtieron la casa solariega en una hostería de habitaciones amplias y campos abiertos para familias bogotanas. A nuestra llegada se asomaron los huéspedes que nos miraban con inusitada curiosidad mientras mis padres descargaban el auto. De su interior surgían maletas, cunas, corrales, bicicletas, raquetas, juguetes, bolsos de hule, más bultos indefinidos, sombreros, canastos y un cúmulo de chiquillos de todas las edades entre tres adultos que intentaban poner orden sin conseguirlo. Mi mamá, un poco avergonzada ante las miradas indiscretas, trataba de mantener la calma y de suavizar el bullicio.

Tan pronto nos organizamos en las habitaciones destinadas a la numerosa familia, mi prioridad fue cerciorarme de la existencia de la ansiada piscina. Mis hermanos mayores me acompañaron a la inspección. Bajamos apresurados y recorrimos la propiedad en busca de la alberca. Allí estaba. En un patio trasero rodeado de platanales y de arbustos, la piscina construida sobre un pozo de piedra se veía solitaria y prístina en su resplandeciente verde limón. Mi papá no podría alegar como solía hacerlo cada vez que visitábamos un lugar con piscina pública: ¡Es un caldo humano! Con esa sentencia nos negaba la posibilidad de zambullirnos en las anheladas aguas. Esta vez no sería así. No había nadie y nos aprestábamos para disfrutarla a nuestro gusto. Un hombre que parecía ser cuidandero se asomó y nos dijo:

—No pueden usar la piscina. No está tratada.

—¿Y eso qué? ¿Qué significa eso?

—Una piscina verde es sucia. Si se mete, se muere. —sentenció Rafa.

Yo no entendía nada. Mis hermanos me explicaron torpemente que la manta verde significaba que sus aguas estaban malas. Yo me acerqué a la orilla para comprobar lo que todavía me negaba a aceptar. Otras vacaciones sin piscina. Al observar de cerca  el estanque que tanto me atraía por su verde colorido, observé un movimiento en su interior. Un sapo se asomó en medio de la capa vegetal y me saludó con su croar. Pensé, <<si un sapo sobrevive en esta agua, ¿por qué yo no>>?

Mis hermanos pronto se recuperaron de la desilusión y se apresuraron a montar las bicicletas.

<<Yo quiero ir>>, les grité, con la esperanza de que me llevaran en la barra, porque no había sino dos bicis. Sin embargo, vi que una de las niñas que vacacionaba con su familia, se le acercó a Toño y con gesto insinuante le preguntó:

—¿Me lleva?

Toño no se hizo rogar. La niña se acomodó en la barra y partieron tras Rafa, que ya subía por la cuesta del camino veredal. Claudia, que así se llamaba la niña de unos once años, se montó en la barra y Toño se regodeó en la emoción que le causaba ser el escogido para esa excursión.

Sin piscina ni bicicleta yo me devolví al cuarto a ayudarle a mi mamá con la bebé Consuelito.

Esa noche las anfitrionas sirvieron una cena frugal en el comedor del hotel. El ambiente familiar invitaba a departir con los veraneantes y pronto mis padres entablaron relaciones de amistad y camaradería. Al término de la cena mi papá se aventuró a preguntar:

—Yo recuerdo que aquí había un piano. ¿Dónde está?

Nadie se acordaba de la existencia de un piano, pero mi papá insistió y al final alguien mencionó un piano olvidado en un salón de la planta inferior. <<No está abierto para los huéspedes>>, explicó una de las dueñas.

—No importa, vamos al salón, fue la respuesta unánime de todos.

Mi papá se dirigió al piano, lo abrió y lo desempolvó, mientras las hospederas retiraban los chécheres y disponían sillas para los clientes. Algunos señores se sentaron con una copa y las señoras con una taza de té alrededor del instrumento. Los niños nos acomodamos sobre cojines en la alfombra. Mi papá pulsó los primeros acordes y comenzó a entonar el bambuco, Bachué.  La audiencia lo miraba con curiosidad expectante, sopesando sus habilidades. Lo siguió Cachipay, que alguno se atrevió a acompañar con un leve murmullo, pero cuando se lanzó con  La gata golosa con su saltarín ritmo de pasillo, los asistentes acompañaron con palmas y tambores improvisados e incluso se escuchó un grito que vitoreaba, ¡Bravo, Bravo! A medida que mi papá se familiarizaba con el instrumento, desplegaba un halo radiante que lo convertía en el foco de atención.

Mi madre lo observaba extasiada, sentada a su lado, y él le dedicaba una mirada que se encontraba con la suya, donde se proyectaba la comunión que existía entre ambos. Nosotros nos envolvíamos en los acordes que nos trasportaban a regiones interiores indefinidas. Los espectadores embelesados se dejaban llevar por el encanto de las melodías que inundaban el salón.

Una brisa suave entraba por las ventanas abiertas al paisaje sereno de las colinas circundantes. Los cantos de chicharras acompañaban el ritmo de las notas que brotaban con inusitada sonoridad de ese piano olvidado.

—Antuco, toca Amapola –pidió uno de los convidados.

Mi papá inició los compases de la famosa canción: Amapola, lindísima amapola. Mi madre entonó la melodía con voz cristalina y pronto se unieron otras voces… No seas tan ingrata, ámame

Yo observaba a mi padre en medio de la aureola que le confería ser el centro de esa velada. Lo recuerdo con una camisa de cuadros, el saco de cremallera, la cabeza hundida sobre el piano, absorto por el frenesí de las melodías que surgían del instrumento, al que se entregaba en una relación de mutua pertenencia.

Toño y Javier lo observaban aprendiendo su técnica y estilo, que los llevaría en un futuro a convertirse en herederos de su pasión musical. Las niñas nos compenetrábamos en las melodías, asimilando los tonos, arpegios y ritmos, que más adelante nos atreveríamos a entonar en tunas estudiantiles y conjuntos musicales.

Hacia la medianoche algunas personas se disponían a retirarse a sus habitaciones. Era tal el encanto de la velada, que nadie se acordó de mandar a los niños a la cama y algunos se sorprendieron al mirar el reloj. En ese momento una de las hospederas pidió otra canción que ninguno de nosotros conocía, “Titina en la cocina”. No hacía parte del repertorio de mi papá. Sin embargo, como por arte de magia, pulsó las primeras notas: Ti-ti-na (mi-fa-mi-). Las belgas lo apoyaron con la melodía: Ti-ti-na… Ti-ti-na en la cocina… Y Papacito se soltó al ritmo sincopado de la canción. Las mujeres elevaron sus voces arrastrando un leve acento extranjero, pero completamente arrobadas por la melodía. Todos terminamos acompañando la última canción de esa noche inolvidable. 

El caos de la mañana se había convertido en solaz de armonía en torno a la música que fue y continúa siendo el parangón de unión familiar y el  lenguaje de entendimiento que supera las disonancias.

 

 


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