La taza de Kafé
Cada mañana lo primero que hago es prepararme una taza de café de la marca Juan Valdez. No hay mayor gozo que degustar una deliciosa, aromática y tonificante bebida caliente y saborearla plácidamente hasta que se diluye en mi interior.
En un viaje reciente a Etiopía me enteré de que este país es la cuna del café. El precioso grano fue descubierto en la región llamada Kafe (o Kafa), por un pastor que observó que sus cabras se excitaban cuando comían los frutos rojos de un arbusto silvestre. El pastor se dio a la tarea de moler y procesar el grano, para luego destilarlo en agua caliente. Se encontró con una substancia de un sabor amargo, y al igual que las cabras, le producía un efecto estimulante. Fue así como esta pepa rojiza se convirtió en la famosa infusión que disfrutamos hoy en día.
El café se considera una bebida sagrada en Etiopía y su preparación es un ritual con ecos religiosos y sagrados. Durante nuestra estancia en Addis Adaba, nos invitaron a la fiesta de pascua en casa de nuestros amigos, Beyena y Messie. Al término de una comida exquisita de cordero preparado en las formas más variadas y deliciosas, nos avisaron que era la hora del café. Nuestros anfitriones nos condujeron a un hermoso jardín en el patio de su casa. Allí nos sentamos con los otros comensales listos a recibir la bebida.
Mientras esperábamos, observamos a una muchacha joven —con esa belleza particular de la raza etíope— que traía una serie de vasijas y accesorios, y los disponía sobre una franja del jardín. Primero esparció hierbas y flores frescas por el suelo. luego colocó una mesita baja sobre las que organizó un fogón de carbón. Al lado prendió unas velas aromáticas y unos pebeteros de incienso. Messie, me explicó que esa era la famosa ceremonia del café y el propósito de las hierbas aromáticas era alejar los espíritus malignos.
La muchacha etíope tomó los granos, los limpió con cuidado y los colocó en una palangana batiendo constantemente mientras se tostaban. Luego los molió con un tipo de molinillo en un cuenco de madera pequeño similar a un mortero. Mientras tanto, vertió agua en varias jebenas (un tipo de tetera con un pico largo) sobre el carbón encendido.
Uno de los comensales llamado Bram, pariente de Messie, que los visitaba procedente de Chicago mostró apuro por tomar el café y se dirigió a Beyena:
—¿Cuánto tiempo va a tomar la preparación del café? ¿Para qué tanto protocolo? Yo solo quiero tomar mi taza y ya.
Beyene le respondió un tanto molesto:
—Hoy celebramos la pascua con todas las tradiciones. El cordero del almuerzo fue preparado siguiendo el ritual de los antiguos: el animal fue sacrificado a las cinco de la mañana en nuestra propia casa y se preparó parte por parte con los ingredientes naturales según la tradición cristiana.
—No me haga reír –protestó el amigo Bram—. Todos sabemos que la pascua es una celebración judía. ¿Por qué no comprar la carne en el supermercado y ponerla en el asador? Más barato, fácil y efectivo.
—La pascua judía se celebra de otra forma —rebatió Beyena. Ellos sacrifican al cordero por el lado izquierdo del cuello. Los cristianos por el lado derecho. Eso hace una gran diferencia.
El aroma del café llegó hasta nuestro olfato cuando la muchacha vertió los granos molidos a través de un embudo que volvía más fino el polvillo. Había pasado media hora y me preguntaba cuánto tomaría esta operación. Igual que Bram, no quería esperar tanto tiempo y me asaltaba un deseo intenso de degustar la bebida. Pero nadie parecía ansioso. Los invitados conversaban en corrillos sobre diversos temas y pocos se fijaban en la ceremonia que ocurría alrededor. La discusión entre Bram y Beyena captó de nuevo mi atención.
—El problema de Etiopía es que se quedó en el pasado, en sus tradiciones y rituales. Es hora de entrar en la modernidad —alegaba Bram—. Se precian de ser la cuna de la humanidad por haber encontrado unos fósiles humanoides que datan de tres millones de años. Y de ser los poseedores del Arca de la Alianza, que tienen escondida en una iglesia, pero que nadie nunca ha visto. ¿Y eso qué? ¿De qué les sirve? ¿Les da algún beneficio económico? Al mismo tiempo, la población se muere de hambre y se desangra en guerras internas.
Hacía poco habíamos visitado la zona de Axum en el norte de Etiopía. Allí conocimos la iglesia de Santa María donde dicen que se halla el arca de la alianza. La historia contaba que Melekén, hijo de la reina de Saba y el rey Salomón, viajó hasta Jerusalén a conocer a su padre. Al no conseguir mayores prebendas de parte del gran rey, decidió robar el arca que se encontraba en el templo y llevarla hasta Etiopía, donde según dicen, permanece hasta la fecha.
Beyena, un poco incómodo, respondió a su interlocutor:
—No niego los problemas que tiene el país, pero al mismo tiempo, el orgullo de sentirnos descendientes de la reina de Saba y de ser los guardianes del arca nos da un temple y certidumbre que se manifiesta en que nunca hemos sido dominados por ninguna potencia europea como el resto de los países africanos.
—Beyena, usted es un hombre inteligente, ¿con un grado de Cornell University? —respondió Bram en tono de sarcasmo—. ¿Cómo va a creer el cuento del arca. Es imposible que Melekén hubiera podido transportar el arca desde Jerusalén hasta Etiopía en un trayecto tan largo y complicado hace dos mil años. Admita que esto es una fábula para mantener a la población sometida e ignorante.
En medio de la acalorada discusión volví ver en qué iba la ceremonia del café. Las teteras ya llevaban bastante rato en estado de ebullición. Messie me explicaba que los granos molidos debían asentarse en el fondo. Mientras tanto la mujer disponía una serie de tazas pequeñas de cerámica en bandejas ricamente adornadas. <<Ya casi está listo>>, me decía con su mirada ante mi evidente impaciencia.
Sin embargo, la operación tomó un tiempo todavía. Con suma paciencia y cuidado observé cómo la joven vertía el líquido brumoso a través de una especie de receptáculo con una punta alargada por la que se deslizaba un chorro hirviente desde aproximadamente un palmo por encima de las tazas. Finalmente el café se encontraba servido en pocillos humeantes listos para ser repartidos entre los invitados. Beyena y Messie elevaron sus tazas y formularon un brindis: "Buna dabo naw” que significa "¡El café es nuestro pan!"
La discusión entre Beyene y Bram se disolvió entre abrazos y carcajadas, aunque nunca se pusieron de acuerdo. Cuando por fin llegó a mis manos, no pude menos que degustar con inmenso placer la aromática bebida. Como dato curioso, no se ofrece azúcar, leche ni ningún aditamento externo. La premisa es que debe ser consumido en su esencia primigenia. Es decir que la ceremonia del café contradice en todos los sentidos la filosofía de Starbucks y de los fabricantes de cafeteras en todo el mundo.
A pesar de que me pareció un poco amargo y fuerte –comparado con el Juan Valdez al que estoy acostumbrada— aprecié con sumo deleite la tacita de café. Sin embargo, este era solo el comienzo de la ceremonia. El café se disuelve tres veces más y en cada una de estas fases, se va perdiendo la intensidad del sabor hasta lograr una contextura más suave y delicada. Comprendí que el ritual está dirigido a prodigar un espacio de armonía y amistad alrededor de una tradición que ennoblece la bebida sin la cual no podemos vivir.
Comentarios
Publicar un comentario