Encuentro con los ancestros


Por Elvira Sánchez-Blake

 

-¿Quiere ir a Suaita? –propuso mi hermano Javier.

-¿A Suaita? Un eco de un pasado remoto despertó memorias difusas de mi abuelita.

-¿Y qué vamos a hacer en Suaita?

-No sé, conocer el pueblo, ir a la iglesia a ver al Niño Jesús de Praga, no importa. Vamos a Suaita.

 

Acordamos visitar el pueblo de mi abuelita, donde había vivido durante su adolescencia y primeros años de casada. Sobre este pueblo abundaban las historias que nutrieron nuestra infancia y nos llenaron de fantasía. En su trabajo como genealogista, Javier ha investigado y encontrado muchos vínculos de los ancestros y el acervo de su conocimiento junto con los recuerdos que se despertaban de zonas olvidas de la memoria hacían atractivo el viaje por esa región de Santander.

 

Los hermanos con Roberto en casa de Angelita (La Mesa, Cundinamarca)

 

Roberto y yo habíamos viajado a Colombia a pasar las fiestas de fin de año con la familia. El plan era celebrar la navidad en el apartamento de mi hermana Ángela en la población de la Mesa, y el fin de año en la casa de campo de Javier, ubicada en las cercanías de Villa de Leyva, Boyacá. Las celebraciones de navidad fueron llenas de música, alegría, afecto y comida exquisita. En Villa de Leyva nos reunimos con hermanos y sobrinos y otros miembros de la familia extendida. Fue en esa instancia que decidimos emprender la visita a Suaita, en una travesía que prometía al menos dos horas de camino por las vertientes de la Cordillera Oriental.

 

La travesía empezó temprano. Salimos de Sutamarchán y pasamos por Santa Sofía. Cuando se anunciaba Moniquirá, Javier propuso, “¿Y qué tal si vamos también a Guadalupe?”

Guadalupe era la tierra del bisabuelo Valois, en donde se había librado una de las batallas triunfales del bando conservador, liderada por el famoso antepasado. Decían que había un monumento dedicado a su memoria.  La abuelita también nos había contado numerosas historias de esa región, en donde vivió cuando su papá fue general de la república.

-Vamos a Guadalupe -repuse con ánimos-. ¿Es muy lejos?

-No mucho, es como una hora más de camino.

Roberto preguntó,

-Hay muchas curvas?

-Algunas…. Pero, no se preocupen, la carretera está muy buena.

 

No recordábamos que para nosotros, acostumbrados a los trayectos entre las montañas de la sinuosa cartografía del territorio, no nos afecta el ascenso y descenso lleno de curvas como a las personas habituadas a las planas y bien construidas autopistas de otras latitudes.

 

Cuando atravesamos Moniquirá, en el lindero de los departamentos entre Boyacá y Santander, observé con curiosidad el cambio de panorama. En las calles céntricas se observaban las tiendas típicas de pueblo, con las canastas de cerveza arrumadas en las esquinas y los pueblerinos, sentados en mesas de plástico acumulando botellas consumidas. La plaza de la población desplegaba los adornos navideños en pesebres gigantes iluminados que destacaban las figuras de María y José con los respectivos reyes magos. Esta imagen me transportó a mi infancia en los pueblitos donde pasamos navidades y años nuevos.

 

Al pasar por Barbosa el paisaje cambió. Las ondulaciones de la cordillera se hicieron más agrestes y los paisajes nos deslumbraron con su gama de verdes que componen la alfombra de valles y montañas. No recuerdo ver en ninguna otra parte del planeta el crisol de verdes del paisaje colombiano, que abarcan desde el pálido limón y aceituna, pasando por el oliva, manzana, jardín, esmeralda, hasta llegar al oscuro intenso que exalta pasiones y estalla a borbotones entre el verde bosque, verde selva y verde furor.  La combinación de todas las tonalidades se unen  en una explosión de verdor que evocan el verso de García Lorca, verde que te quiero verde…

 

Javier interrumpió mi fantasía  para señalar el hotel donde la abuelita acostumbraba a hospedarse en sus viajes de Bogotá a Santander. Observé una casa antigua con balcones y tejados de barro típicos de la región. Las buganvilias rosadas cercaban sus linderos en una visión llena de color.  Me asaltó la imagen de mi abuelita con sus vestidos floreados que siempre llevaba en sus viajes a tierra caliente y que nunca usaba en Bogotá.

 

Monumento a Luis Carlos Galán en la plaza de Oiba

 

En el camino a Oiba Javier recordó varias de las historias que ha encontrado en sus pesquisas genealógicas.  Resulta que uno de nuestros antepasados, el padre de Ignacio, fue notario y juez en Vélez, otro de los pueblos que pasamos.  El abuelo Ignacio vivió varios años en Vélez y en Oiba, donde también tuvo negocios.  Estos lugares hacían parte de la ruta del algodón que siguió el abuelo muchas veces en su comercio de este producto entre Santander, Boyacá y Cundinamarca. El algodón fue la fuente principal de su fortuna y al parecer, de su infortunio.

 

 En Oiba buscamos el sombrero que Javier le había prometido a Roberto, ya que este tenía condiciones especiales: debía ser un sombrero aguadeño y una talla más grande que la de los criollos colombianos. Encontramos el sombrero después de que un aldeano nos condujera por su propia iniciativa al almacén que se encontraba en la cumbre de la plaza central. “En la tienda de don Pacho se consigue el mejor sombrero, sumercedes”, apuntó.

 

Oiba es una ciudad mediana situada en un punto estratégico del departamento porque conecta las vías entre Tunja y Bucaramanga.  Es conocido como el pueblito pesebre de Colombia por sus magníficos paisajes naturales. El centro de la plaza ostenta un monumento a Luis Carlos Galán, uno de los grandes mártires de la patria, cuya ascendencia es de esta región y según las investigaciones de mi hermano, aparece en nuestra genealogía como pariente lejano.

 

El recorrido a Guadalupe por una carretera llena de curvas y no en tan buen estado como pensaba Javier, fue un traslado en el tiempo. En cada giro del ascenso se expandía la mirada hacia la serie de montañas verdeazuladas franqueadas por nubes luminosas en constante movimiento. Los picos de las cordilleras se cubrían de un manto blanco que insinuaban cumbres nevadas mientras las franjas nebulosas se difuminaban por valles y laderas en una danza multicolor que permitía ver el mismo paisaje en diversas tonalidades en cuestión de minutos.

 

-Ahora entiendo porque la abuelita hablaba de tantos climas y paisajes. Y también, la abundancia de cultivos y de productos que cosechaban en las fincas -exclamé.

 

Roberto hizo su intervención científica:

-Es una zona con gran variedad de pisos térmicos y microclimas y tierras fértiles para todo tipo de cultivos. Se aprecia el bosque húmedo y en las partes taladas se insertaron las cañas para la producción de panela. Además, las fuentes abundantes de agua permiten la producción en todas las épocas del año.

 

Javier y yo recordamos los relatos de la abuelita sobre las fincas en las que vivió y que se localizaban en esta región. Sus relatos versaban sobre el trapiche que procesaba la caña, que producían la panela, de la que se preparaban melazas y endulzantes deliciosos; las pepas de cacao que se asoleaban en los patios de la hacienda para preparar las tazas de chocolate espumoso de los desayunos; las arepas de maíz recién molido asadas en fogones de carbón que despertaban a la madrugada con su aroma apetitoso. Todos estos eran productos de la finca. Se fabricaba cuajada de la leche recién ordeñada y café tostado de los cafetales que producían el precioso grano. Además, la abuelita describía con lujo de detalles la preparación de los asados de carnes oreadas acompañados de yucas y plátanos en guisos exquisitos que nos hacía agua la boca.  Sin olvidar el algodón, que fue el producto que primó en la hacienda y que contribuyó a la economía de la región en la textilería que se inició a principios de siglo en San José de Suaita.


Las Gachas, pozos naturales en Guadalupe

Unos kilómetros antes de llegar a Guadalupe, cuando Roberto no podía soportar el mareo debido a las curvas y a la cháchara de los hermanos, nos hicieron señas unas jovencitas. Anunciaban un sitio turístico provisto de pozos de colores que parecen jacuzzis naturales.  Las Gachas, rezaba el aviso con promesas de propiedades terapéuticas y de relajación en aguas cálidas. Javier y yo tuvimos una revelación: esos eran los pozos donde se bañaba la abuelita. Recordamos las descripciones de los baños en pozos de agua caliente, que tomaban una preparación de un día con sirvientes que llevaban las provisiones de sábanas, toallas, piquete de sancocho y viandas surtidas para acompañar el ritual que ocurría una vez al mes. Mi abuelita siempre consideró el ritual del baño como un acontecimiento. Recuerdo que aún a finales del siglo veinte con acceso a duchas calientes y cómodas instalaciones, mi abuelita requería de condiciones adecuadas antes y después del baño, incluyendo una comida caliente y mantas cálidas para no contraer un catarro o una pulmonía.

 

Parroquia Santuario de Guadalupe

Guadalupe nos recibió con las cúpulas coloradas de la iglesia sobre un cielo de azul intenso. La parroquia Santuario Nuestra Señora de Guadalupe, construida en piedra se cierne bajo el cerro Santuario del mismo nombre, y rinde culto a la virgen mexicana y a las tradiciones religiosas asociadas con esta imagen. Recorrimos la plaza en busca de la estatua del bisabuelo Valois Santos, héroe de la batalla de Guadalupe en la Guerra de los Mil días. No la encontramos. Intentamos visitar la Casa de la Cultura, en donde reposan los archivos históricos, seguros de que encontraríamos  rastros de la historia de la familia y de los hechos heroicos de los antepasados. Estaba cerrada. Reconocimos  en la placa el nombre de un sujeto conocido: Josué Franco Mendoza. Recordé que en mis tiempos de periodista lo conocí en un evento y al mencionar la población de Guadalupe, me le acerqué para presentarme. Cuando le dije que mi bisabuelo era de esta población, inmediatamente me preguntó si yo era nieta de Isabel Santos y por lo tanto, hija de Elvirita Rueda. Al confirmarle que sí, me miró detenidamente y exclamó:

-¡Elvirita Rueda era divina!  Y Ella fue reina de Guadalupe.

Ese dato que había sido un secreto vedado en la familia resurgió aquel día. Al preguntarle, mi mamá quiso negarlo y no darle importancia, pero al fin reconoció que sí había sido elegida reina de la simpatía en 1953, antes de casarse con mi papá. Le costaba reconocer que el hermano de Josué había sido su pretendiente y el que más promovió su candidatura. El reinado tuvo lugar en un acto en honor al bisabuelo Valois en el aniversario de la batalla de Guadalupe. Una placa conmemorativa encontrada por mi hermano Antonio confirmaba el veredicto del reinado y la aclamación a la belleza de mi progenitora.

-¿Así que Mamita fue reina de Guadalupe? -expresé en voz alta.

-Sí, pero fue un secreto muy guardado porque mi papá nunca quiso recordar ese episodio -respondió Javier.

                                    Placa del reinado de Elvira Rueda Santos en Guadalupe
 

Era hora de almuerzo y buscamos un lugar propicio, ojalá de comida típica santandereana. Roberto ya se sentía mejor del mareo y ansiaba una buena recarga de energía para el trayecto que restaba. Vimos un lugar que anunciaba “comida rica”, pero el ambiente del lugar no nos convenció. Le preguntamos a un dependiente de la farmacia en la esquina de la plaza principal.

-Ese es el mejor comedero por acá, sumercé -dijo señalando el lugar donde “se come rico”.

-¿No hay otro restaurante con patio o algo más surtido? -preguntó tímido Javier.

-¿Qué es lo que no les gusta de ese? -nos respondió desafiante.

El restaurante era modesto con mesas de plástico y manteles a cuadritos. Pedimos el almuerzo del día, consistente en sopa de avena con verduras y plato principal de carne oreada y yuca con legumbres.  Apenas nos sirvieron, detecté los sabores de mi primera infancia. Era el tipo de comida que se consumía en casa, preparada por mi abuelita o bajo su guía. No se degustaban sabores sofisticados ni los aderezos especiales a los que estamos acostumbrados en estos tiempos. Tuve una especie de Deja Vu. Era otro desplazamiento en el tiempo de sabores sencillos y gustos primarios. Cuando me dirigí al baño, pude observar la cocina con estufa de leña en la que preparaban los alimentos y constaté que en este lugar no había transcurrido el tiempo. Las páginas en el almanaque se eternizan en lugares donde no avanza el reloj.

Al salir del modesto restaurante nos encaminamos a la iglesia y luego al cementerio. En el cementerio, Javier se dirigió al lugar que recordaba haber visto la placa del bisabuelo en un viaje que había realizado años atrás. No lo encontramos. Podía ser que las tumbas de más de cien años las removieran o que simplemente hubieran colocado tumbas más recientes sobre la suya. Yo decidí que ya era hora de dejar en paz la memoria de ese bisabuelo cuyo heroísmo  pongo en tela de juicio.

Por fin nos dirigimos a Suaita, el objetivo de este recorrido. Habían pasado siete horas desde la partida. El camino sinuoso fue menos tortuoso para Roberto. Quizás por haber recuperado fuerzas, o porque el paisaje deslumbrante de la media tarde de nubes desplazadas sobre las cumbres azuladas y valles multicolores embargaban el espíritu. Pasamos por cascadas y quebradas de manantiales abundantes. La luz de la tarde resplandecía aún más potente sobre los verdes del paisaje. Nos preguntamos dónde quedaría la finca La Carolina, de la cual hablaba la abuelita, y que Javier aseguraba se hallaba en la ribera del río Suárez.

Finalmente llegamos a Suaita. Avistamos las torres de la iglesia desde los giros del camino que anunciaban la población, y yo sentí una emoción intensa. Suaita era el espacio donde se guardaban las memorias ancestrales de la abuelita que nos cuidó y consintió en nuestra niñez y que dejó plasmados sus recuerdos a través de historias contadas con emoción, suspenso y apreciación histórica.  Penetrar en sus lares me transportaba a lugares remotos y provocaba  sensaciones que pareciera haber heredado en el ADN que se transmite en los genomas de la memoria.

Iglesia de Suaita

A la entrada del pueblo vimos el cementerio. Un arco de piedra se observaba desde la puerta principal. En sus muros se leía “Aquí descansan los que el amor no olvida". Una línea muy apropiada para el momento.  Javier mencionó que allí estaban las tumbas de Papá Ignacio, de Alejandro Santos, hermano de la abuelita,  y de otros familiares.  Yo preferí no visitar las tumbas. Paramos en la plaza y nos dirigimos a la iglesia. Queríamos averiguar sobre el paradero del Niño Jesús de Praga, una imagen que la abuelita había donado a la iglesia en cumplimiento de una promesa. Mi tío Eduardo sufría de una dolencia en su infancia y la abuelita prometió donar la estatua del Niño Jesús si el niño se curaba. Eduardito se curó y en cumplimiento de la promesa, la estatua fue ordenada y colocada en un altar de la iglesia.  Muchos años después, mi mamá fue al pueblo y encontró que la famosa imagen había sido desplazada del lugar.  Ella le reclamó al párroco y tras varias averiguaciones encontraron la estatua en condiciones lamentables en un depósito. Mi mamá la rescató y la mandó restaurar.  Años después cumplió de nuevo la promesa y la hizo colocar en una nave lateral de la iglesia. De eso hace unos 30 años. Javier y yo íbamos dispuestos a continuar la promesa y cerciorarnos del estado del  Niño Jesús y de su ubicación en el altar del templo. La igelsia estaba cerrada y no fue posible hacerlo. En cierto sentido fue un alivio no tener que enfrentar a un párroco en cumplimiento de una promesa hecha hace casi cien años.

 

Los aventureros

 

Al bajar las escalas del templo, Javier señaló la segunda casa de la esquina con los balcones redondeados, y dijo que allí era donde había vivido la abuelita. Nos dirigimos a la entrada y vimos un anuncio de venta de postres artesanales. El letrero indicaba que podíamos entrar. La casa de dos pisos se encontraba un tanto descuidada, pero mantenía la arquitectura original. A medida que ingresábamos al zaguán y luego al patio central, me deslicé en una transposición temporal de una centuria. Imaginé que entre las paredes de esos cuartos podía ver a mi abuelita de unos veinte años. Todo se conservaba como en ese tiempo: los techos de teja de barro, las paredes gruesas de adobe pintados en cal; los acabados en madera color caoba; el balcón del segundo piso con rejas separadas en madera fina. ¿Sería aquel el balcón por donde se asomó mi mamá cuando niña y del que sufrió una caída que le dejó una cicatriz de por vida?

 


La casa de la abuelita en Suaita

Curiosamente pudimos apreciar y recorrer la casa sin ninguna intromisión. Cuando avisamos de nuestra presencia, nadie se asomó. Era como si el destino hubiera previsto que nos desplazáramos con comodidad en ese espacio como si en verdad nos perteneciera y tuviéramos total control del mismo. Yo lo sentí como un traslado en el tiempo en el que encontré las huellas de mi abuelita y el rastro de su memoria en la mía.

Regresamos a la caída de la tarde entre vericuetos de subidas y bajadas a través de las montañas envueltas de nubes y guirnaldas purpureas enmarcadas en un medio arco iris que se escondía tras el sol poniente.  El retorno estuvo permeado por el proceso de decantar emociones y nostalgias enrevesadas de recuerdos ancestrales y realidades presentes.

 


 


 

 

 

 

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